¿Obsolescencia programada o consumismo despilfarrador?

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Criticar a las grandes empresas siempre resulta bien visto por razones bastante obvias. La rebeldía y el activismo han sido impulsores de mejores sociedades, y es precisamente ese factor lo que hace que a veces se admita sin ningún cuestionamiento previo o pruebas cualquier afirmación o acusación que pretende ir contra estas, por muy necia o absurda que sea. Son esas maneras las que sirven de fachada para charlatanes y manipuladores diversos, quienes fingiendo ser benefactores del mundo y sus problemas, tratarán de vender sus soluciones, que casualmente solo ellos conocen.

Un ejemplo se encuentra en “The Light Bulb Conspiracy” (Comprar, Tirar, Comprar) un panfleto en formato documental que pretende criticar el estilo de vida occidental, dice que nuestra economía funciona gracias a la obsolescencia programada y que los productos que compramos se fabrican con la intención de que tengan poca duración o estropearse en un momento concreto, lo que obliga a la gente a comprar constantemente cayendo en un círculo vicioso de comprar tirar y comprar… siendo éste el motor de nuestra economía y fuente de beneficio constante para la industria. Entre los que participa en el documental, se encuentra Serge Latouche, gran proselitista y cabeza del movimiento político “decrecimiento” un movimiento que plantea volver a épocas pasadas.

Este panfleto ganó el premio a mejor documental en 2011 de la Academia TV, premio votado por un jurado que, viendo sus profesiones da la impresión de que lo han votado como si juzgasen a un libro por su portada.

Todo el documental gira en torno a una bombilla que se encuentra instalada desde 1901 en el cuartel de bomberos número 6 de Livermore, California, la cual resulta que lleva funcionando más de un siglo, 113 años concretamente, y que ha batido el Record Guinness como bombilla de mayor duración. Se trata de una bombilla de 60 wats (aunque hoy su potencia no supera los 4), fue soplada a mano por la Shelby Electric Company, de Ohio, a finales de la década de 1890 y donada después por el dueño de esa compañía al departamento de bomberos en 1901.

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La bombilla que aparece en el documental, fue creada por Adolphe A. Chaillet para funcionar a 30W, lleva encendida desde 1901 a 110V para pasar en 1976 a 120V y a una potencia de 4W, por lo que alumbra unos 12 lumens, poco más que la luz de la noche, solo ha tenido 3 interrupciones y tenía un filamento de carbono con una sección de 0,08mm (unas 8 veces más grueso que los filamentos actuales de tungsteno) que ha debido disminuir evaporándose con el tiempo, desde luego con 0,08mm estuvo pensada para durar.

Esta bombilla cuenta incluso con su propia página web y tiene además una webcam dedicada (cuenta incluso con una página en Facebook), para que los internautas comprueben que la bombilla no se apaga nunca.

El documental se sirve del caso de esta bombilla como ejemplo para fundamentar la teoría de la obsolescencia programada: la causa de que no haya más bombillas como esas es que la industria no quiere fabricar bombillas duraderas, así la gente las compra constantemente cuando se rompen tras 1000 horas de vida.

Pero la realidad es que misterio no tiene ninguno, ni es la única que queda, en el museo Shelby hay más como ella.

Veamos: la razón de que la bombilla de Livermore dure tanto se basa en la anchura del filamento, la tensión a la que ha sido sometida y las pocas veces de apagado y encendido que ha tenido, momento en el que se produce el cambio de temperatura ambiente a más de 2500ºC, por eso es común que las bombillas se fundan en el encendido/apagado, no una vez encendidas.

En los test de longevidad de bombillas se observa que su duración es inversamente proporcional a una potencia elevada (en el rango 12-16) del voltaje aplicado. Eso significa que para una disminución de la tensión de tan solo el 5%, la duración de una bombilla aproximadamente se duplicaría.  Asumiendo que esa relación de mantiene para tensiones mucho menores tendríamos que, por ejemplo, a la mitad de tensión nominal, la longevidad de la bombilla aumentaría en un factor de al menos 4000 (aprox. 2¹²), equivalente a ¡más de 400 años! si asumimos además una vida media estándar de unas 1000 horas.

Los valores nominales de fabricación de la bombilla de Shelby eran de 30W y 120 V. No hay duda de que el filamento de carbono de la bombilla habrá ido disminuyendo su sección por evaporación del material y aumentando por tanto su resistencia, algo que explicaría en parte la pérdida de potencia.  Pero los valores medidos de la resistencia sólo parecen compatibles con una tensión de alimentación del filamento a unos 60V, o aproximadamente la mitad de su voltaje nominal.

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Si bien existen más bombillas de larga duración a costa de un alumbrado escaso, pero no son las que utilizamos para el hogar, sino que son las podemos encontrar en la electrónica, frigoríficos, microondas,… Su durabilidad consiste simplemente de que alumbran menos y funcionan a una temperatura más baja o filamento más ancho, lo que causa que el filamento tarde más en fundirse.

No hay duda de que la famosa bombilla estaba diseñada con la intención de durar un largo periodo de tiempo. ¿Pero por qué las bombillas actuales no?.

El documental parece ser que tiene la respuesta. El cártel de Phoebus, formado en 1924 por una serie de fabricantes de bombillas y focos eléctricos: Philips, Osram y General Electric se pusieron de acuerdo en 1924 para reducir costos de producción, subir precios y limitar la vida útil de los focos a 1000 horas de duración.

En 1924 hacer esto no sonaba tan descabellado, pero su inviabilidad se hizo evidente cuando otro grupo de fabricantes, la Luma Co-op Society, formada por cooperativas del Norte de Europa y Reino Unido, empezó a producir y vender bombillas más duraderas y más baratas. (Las cooperativas de Luma siguen activas, como The Co-Operative Group, una maravillosa cooperativa británica propiedad de siete millones de consumidores.)

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Echando un vistazo al cartel Phoebus, veremos que los acuerdos no hablan en ningún momento de obsolescencia, si no de otra cosa, regular el mercado marcando unos mínimos de calidad. Muy lejos de lo que dice el documental, el acuerdo trata de prohibir las bombillas de los “chinos” que les podrían hacer competencia, ya que al ser de peor calidad se vendían a un precio mucho menor.

Se podían fabricar bombillas más duraderas, pero más caras o menos eficientes. Pensemos que el mayor coste de una bombilla incandescente está en lo que pagamos por su consumo eléctrico y no en su precio, de ahí la importancia de llegar a un compromiso entre eficiencia y longevidad (un ejemplo numérico). Y por si no fuese suficientemente convincente, Eino Tetro, de la universidad de Helsinki y experto en iluminación eléctrica confirma que 1000 horas era un valor óptimo razonable para una bombilla incandescente.

Precisamente casos como el Cártel Phoebus ayudaron al surgimiento de los movimientos de defensa del consumidor, las legislaciones sobre calidad, las normas internacionales, etc. Sin ser perfectos, todos estos elementos sirven para controlar, salvo excepciones, los más voraces instintos capitalistas. Y quienes fabrican con “obsolescencia programada” pueden acabar frente a los jueces.

Posiblemente otra de las anécdotas de obsolescencia programada que más ha circulado en la red es la que denuncia la existencia de un chip que incluían algunas impresoras Epson y que las inutilizaba cuando se alcanzaba un cierto número de copias. Haciéndose eco de la denuncia del documental, la OCU se decidió a utilizar el método experimental para zanjar la cuestión.

Estas son sus declaraciones al respecto:


“Hemos analizado impresoras multifunción de inyección de tinta, y la verdad es que en este análisis no detectamos la práctica que denuncia el documental. Y eso que algunas impresoras las analizamos usando 40 juegos de cartuchos de tinta por modelo. ¿Podría haber pasado con el 41?, ¿o con otro modelo? Quien sabe.”

http://www.ocu.org/tecnologia/nc/noticias/impresoras-con-truco-536284

Así pues, la teoría de la Obsolescencia Programada está impregnada de verdades a medias así como notables dosis de conspiranoia que sirven a marcados fines populistas.  No tiene en cuenta ninguno de los avances, insuficientes pero reales, que se han logrado desde principios del siglo XX en la defensa de los consumidores. Y como es habitual en los movimientos contraculturales o anti-sistema, sobresimplifican la realidad para no enredarse en complejidades, deshumaniza al adversario, omite datos, selecciona lo que le da la razón e ignora lo que no.

El ingeniero y diseñador Ferdinand Porsche decía que el automóvil de carreras perfecto era el que se destrozaba en pedazos al llegar a la meta. Es decir, su finalidad era que usara al máximo de sus capacidades todos sus materiales y diseño. Un auto de carreras que puede seguir funcionando tiene un claro desperdicio respecto de su objetivo original: ganar una carrera.

Por regla general, la industria busca diseñar los productos más baratos posibles (no siempre los precios se relacionan con el costo de producción, en la fijación de precios entran en consideración muchas otras cosas, principalmente cual es el precio máximo que el consumidor está dispuesto a pagar por los productos), con un periodo de duración más razonable considerando entre otras cosas las modas, los avances tecnológicos, los cambios en gustos, etc. ¿Se puede fabricar un refrigerador que tenga una duración de 50 años? Sí, se puede, industrialmente existen. ¿Cuánto le costaría a una familia? Un dineral, sería un artículo de lujo. ¿Y si se decretan nuevas leyes para reducir los clorofluorocarbonos, reducir el gasto eléctrico, sistemas antibacterias, controles computarizados? Pues la familia tendría que verlos pasar con su refrigerador de 1980 porque no hay para comprar otro. Si yo soy un fabricante, y veo a otro vendiendo refrigeradores que duran 50 años a un precio delirante con materias primas de primera y yo sé que las familias cambian de refrigerador razonablemente cada 8,5 años, es lógico, que no malévolo, que yo trate de venderles un refrigerador más barato ahorrando lo posible en costos, que contenga el mejor diseño y tecnología, y que tenga una duración de unos 10 años máximo. No diseño para la perfección, sino para la lógica funcional de uso.

Al igual que ocurre con toda historia fantástica de conspiraciones, la obsolescencia programada como complot industrial suena perfectamente creíble. Pero existe sin embargo una explicación bastante más sencilla: muchos consumidores no suelen demandar durabilidad, prefieren comprar los productos más baratos aunque duren menos o actualizarse al último gadget incluso antes de que el anterior deje de funcionar. Buscamos tener el último modelo de todo. Tener el último modelo en teléfono celular, el último modelo en consolas de videojuegos… Tenemos una sociedad en la que un coche con diez años y 150.000km se considera un cacharro viejo que hay que cambiar, en la que los móviles duran 18 meses porque es el tiempo que tardan los operadores en ofrecernos uno nuevo. Los fabricantes lo único que hacen es adaptarse a lo que demanda el mercado. Si dejáramos de comprar los productos de mala calidad porque simplemente queremos que nos duren poco tiempo, a los fabricantes no les quedaría más remedio que adaptarse.

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Un iPhone 3 funciona bastante bien. No puede ejecutar las apps más nuevas, pero ¿por qué iba alguien a querer las apps nuevas? ¿Por qué no conformarse con las que tenía cuando todas se hacían para él? Hay celulares de hace 10 años que funcionan muy bien para llamar por teléfono. Pero la mayoría de los consumidores no los quiere. Queremos el iPhone 3 porque su funcionalidad, a parte de su finalidad básica (llamar y recibir llamadas) nos ayuda al trabajo y también a la diversión, a ver y grabar vídeos, escuchar música, a contectarnos a internet, a jugar a videojuegos, a estar en contacto con nuestra gente, porque nos gusta… Nadie nos obliga a comprarlo, los productos anteriores no se han caído a pedazos como el coche ideal de Porsche. Quejarse de “nos manipulan para comprar” es un poco absurdo en esos términos.

Ciertamente, los productos no se diseñan para que duren todo lo que pueden durar, pero esto no se debe a malevolencia de los fabricantes sino a estrategias comerciales diversas. Cualquier fabricante que abuse (esto lo aprendió Apple casi tardíamente) es presa fácil de otro fabricante más listo, que esté dispuesto a abusar menos para ganar más, es decir, que en vez de ganar 100 dólares por cliente vendiéndole a un millón de clientes esté dispuesto a ganar 50 dólares vendiéndole a 10 millones de clientes. En 1924 eso era bastante más fácil, hoy, con una economía globalizada, tecnología en evolución acelerada, surgimiento y caída de empresas porque voló la mosca, parece casi imposible de establecer y menos de sostener a largo plazo. La industria en algunos sectores tiene que competir fabricando productos con nuevas características demandadas por los usuarios a precios cada vez más bajos en una especie de carrera frenética hacia el Made in China generalizado.

Se trata de una explicación bastante prosaica, y no era necesario elaborar un documental de casi una hora para transmitir una trivialidad: que las empresas quieren ganar dinero a toda costa y que nuestra sociedad de consumo es despilfarradora.

En el fondo la Obsolescencia Programada contiene una verdad a medias y muchas dosis de conspiranoia que sirve para poder echar la culpa de todo a las corporaciones, mientras los consumidores asumen el papel de victimas, sin reconocer que son tanto las empresas como nosotros mismos con nuestro afán de estar a la última los que propiciamos productos cada vez menos duraderos. Aunque, todo hay que decirlo, esta dinámica también propician la innovación y la mejora. Es una lástima, porque resta credibilidad a los ataques a las empresas cuando estos son razonables y están bien fundados.

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