¿Un nuevo modelo económico para España? un sueño con costes de pesadilla.

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En 2007, el sector inmobiliario empleaba al 13% de la población activa en España. Cinco años después, el porcentaje se ha reducido hasta el 7%. El modelo productivo español, basado hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria en el ladrillo, tan solo ha creado desempleo y crisis sucesivas desde entonces. 

Ha sido esta crisis la que ha puesto al descubierto las debilidades estructurales de la economía de nuestro país y particularmente del modelo productivo español. La profundidad de la crisis no ha sido como consecuencia de la rigidez de las relaciones laborales. Tampoco se ha debido a un exceso de gasto social cuando éste ha sido bastante menor que el de los países de nuestro entorno, como también ha sido menor la recaudación fiscal. La industria y el turismo que parecía que debían ser los sustitutos de la construcción como motor del crecimiento de la economía española se han visto igualmente frenados, y que tiempo antes de la crisis ya padecían una enorme sobrecapacidad, que los llevó a niveles de sobreproducción alarmantes.

Se requiere evolucionar. Y desde hace años el mantra repetido por expertos y organismos internacionales coincide y aumenta de tono: España necesita cambiar su modelo económico. Fijar las directrices que permitan salir de la crisis y avanzar realmente en la competitividad y la creación de actividad económica que, a su vez, aumente los ingresos para el Estado.

Sin embargo, cuando se menciona un cambio de modelo productivo en nuestro país ello a menudo obedece más a un deseo que a un plan. ¿Qué modelo productivo? ¿En qué sectores invertir? ¿Cuál sería el papel del Estado o de los empresarios en ese impulso? ¿Cuál es la vía? ¿Dar subsidios a los que se metan en el nuevo sector?

En la búsqueda de un nuevo modelo productivo hacia el desarrollo de sectores de alto valor añadido, se mencionan por ejemplo, las energías alternativas, las telecomunicaciones y los llamados sectores de la innovación, la información y la tecnología (I+D+i).

Pero antes hay que tener en cuenta varias cosas.

Si la economía española estaba basada en un sector de la construcción altamente especulativo, un turismo de sol y playa, y un tejido industrial constituido por pequeñas y medianas empresas a su vez dependientes de una gran empresa matriz central y de una demanda solvente gracias al crédito fácil, era porque la propia estructura empresarial, las características del mercado laboral y la legislación que atañe al desarrollo económico (comercio, inversión, fiscalidad, etc.) han hecho que así sea. Porque a la hora de debatir sobre el “nuevo modelo productivo” ciertamente salen a flote un montón de indicadores que revelan de manera cruda el carácter eminentemente parasitario de la economía española: la productividad no está basada en nueva maquinaria sino en el deterioro de las condiciones laborales, la inversión en investigación y desarrollo y la formación en España están a la cola de Europa. Son datos que demuestran el escaso interés de la burguesía española (y también la burguesía vasca y catalana, por cierto) por la tecnología.

Pretender convencer a los empresarios españoles que es mejor invertir en tecnología que en sectores basados en salarios bajos es un ejercicio inútil. La tasa bruta de explotación de las empresas españolas es de las más altas de Europa. Así pues, en España, por cada cien euros facturados, diez van directamente a los bolsillos del empresario. En Europa de cada cien tan sólo se llevan seis. ¿Qué significa este dato? Que el modelo productivo español podrá ser insano para el conjunto del país, pero para nuestra clase empresarial es enormemente rentable.

La mejora en I+D, si se logra, lo que en sí mismo no es nada sencillo, no genera automáticamente un nuevo modelo, sino que ello requiere y sólo puede asentarse partiendo de un potente tejido de estructura empresarial y educativo, de formación tecnológica que todavía no existe y no se puede conseguir en un corto plazo. Y que además requiere fuertes inversiones que a su vez necesitan las expectativas de beneficios para que se lleven a cabo. Aspectos que no están nada claros en las propuestas de creación de un nuevo modelo productivo.

Asimismo, si las rentas salariales no participan de los incrementos de la productividad general del trabajo, el nuevo modelo no generará mejoras en el nivel de vida de las clases trabajadora, y ello acabará conduciendo a una falta de demanda que acabará estrangulando el nuevo modelo.

Por otro lado, el desarrollo de la productividad del trabajo a través de un uso más intensivo de la tecnología significa producir más con menos trabajo. Y esto tiene consecuencias contradictorias porque implica trasladar mano de obra al desempleo si la aplicación de nuevas tecnologías no va unido a un aumento de la escala de producción o si no se crean nuevas ramas que absorban esas pérdidas de empleo.

Hay ya 4,5 millones de parados, y no parece haber ningún sector económico capaz de generar nuevos puestos capaces de emplear ni siquiera a los parados que perdieron su trabajo durante la crisis, para volver al también preocupante nivel estructural de paro de unos 2 millones de trabajadores. La gran mentira que se ha podido escuchar últimamente es el llamado fenómeno del Jobless recovery (crecimiento sin creación de empleo). Pero el crecimiento sin creación de empleo es simplemente humo.

En cuanto a la inversión, no olvidemos además que es la gran banca la que en última instancia determina hacia dónde van las dirigidas inversiones, el órgano que realmente dirige la economía. Y el sector financiero no van a arriesgar ni un euro de su bolsillo en negocios que no garantice ingentes beneficios.

Sería ingenuo creer también que un gobierno puede “por decreto” cambiar el modelo productivo. ¿Va el gobierno de turno a convencer a los banqueros de que arriesguen sus beneficios en aras de una sociedad más desarrollada y justa? Y sobre todo ¿cómo se puede pretender transformar la economía española sin antes tener el control efectivo de sus palancas más importantes, como son los sectores estratégicos como son los energéticos o, sobre todo, la banca?

En conclusión, no queda meridianamente claro qué modelo productivo debe ser sustitutivo del actualmente imperante en la economía española. ¿Quizás el verdadero cambio de modelo productivo consista en un sistema de producción, distribución y consumo verdaderamente democrático, donde sea la producción se oriente en base a las verdaderas demandas y necesidades sociales de la población y no a merced del afán lucro de una minoría?. Puede que sea un planteamiento meramente retórico, y alcanzarlo requiera sacrificios dolorosos. Nadie, ni los mejores empresarios, ni un gobierno puede hacer cálculos económicos reales, pues es imposible conocer a priori la demanda solvente. Pero no es menos cierto que sin otro modelo económico estaremos condenados a vivir inmersos en un desempleo crónico y crisis cíclicas constantes.

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