Cuestiones sobre el aborto

 

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Era de esperar. El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, anunció el pasado martes algo que ya se venía barruntando desde hace días: se pospone el proyecto de reforma de la ley del aborto. Gallardón intenta encubrir este fracaso personal y político con la excusa de que su departamento debe ahora “centrar todos los esfuerzos en responder al desafío soberanista catalán“, que exigirá la presentación de uno o varios recursos ante el Tribunal Constitucional.

No obstante, otra fuentes apuntan a que la verdadera razón detrás de la retirada de este proyecto de ley se deba a motivos electoralistas. Pues una sólida mayoría de sus votantes se han sentido sumamente incómodos con este tema. Ni querían ni esperaban que su partido legislara de forma tan restrictiva sobre una cuestión que afecta de lleno a las mujeres. Al final hubo de reconducirse la situación y pasar la página para no abrir otra vez una controversia que perjudiquen al PP en un año clave con dos convocatorias electorales: las municipales y las generales.

Ante estos hechos, las protestas de los provida no se han hecho esperar. El próximo sábado 21 de septiembre el Foro de la Familia, Hazte Oír y otras plataformas integristas católicas se movilizarán en toda España para exigir al Gobierno y al Partido Popular que cumpla sus compromisos electorales y aprueben la reforma de la llamada Ley del aborto. Una marcha que llevará el lema “No más plazos por cumplir, derogación de la ley del aborto ya.

La iglesia católica por su parte lleva ese supuesta defensa de la vida hasta antes de la concepción del feto, y bajo este criterio asimila el aborto al asesinato, incurriendo en la contradicción de equiparar un feto carente de sistema nervioso que le permita tener un “yo” a una persona que sí lo tiene. Por otra parte, a pesar de que apenas haya habido ningún caso de condena por aborto fuera de los casos que contempla la ley, nunca ha pedido que haya que equipararlo con las penas que sí se aplican al asesinato (el aborto debería tener la agravante de premeditación). Incurre, de esta manera, en la contradicción de tolerar penas muy distintas por delitos que en teoría se consideran iguales.

Sin embargo, actualmente no existe nada llamado “derecho a la vida” en ninguna sociedad del mundo, ni ha existido en el pasado: criamos animales de granja para su sacrificio, destruimos bosques, contaminamos ríos y lagos hasta que ningún pez puede vivir en ellos, matamos ciervos y alces por deporte, leopardos por su piel y ballenas para hacer abono, atrapamos delfines que se debaten faltos de aire en las grandes redes para atunes, matamos cachorros de foca a palos, y cada día provocamos la extinción de una especie. Todas esas bestias y plantas son seres vivos como nosotros. Lo que (supuestamente) está protegido no es la vida en sí, sino la vida humana. Y más concretamente; la vida humana de la persona inocente.

Aun con esa protección, el homicidio ocasional es un hecho corriente en las ciudades y libramos guerras “convencionales” con un costo tan elevado que por lo general preferimos no pensar demasiado en ello. Esa protección, ese derecho a la vida, no reza para los 40.000 niños menores de 5 años que mueren cada día en el planeta por causa de deshidratación, enfermedades y negligencias que habrían podido evitarse.

La mayoría de quienes defienden el “derecho a la vida” no se refieren a cualquier tipo de vida, sino, especialmente, a la vida humana. Ellos se ven en la necesidad de decidir qué distingue a un ser humano de otros animales y en qué momento de la gestación emergen esas cualidades específicamente humanas, sean cuales fueren.

La propaganda de las organizaciones provida acostumbra a mostrar imágenes con fetos abortados de ocho meses como prueba del horror del aborto antes de los tres meses. También se pueden mostrar imágenes de fetos más tempranos, pero, por impactantes que puedan parecer, son casi indistinguibles de un feto de chimpancé o de delfín, con lo que la argumentación vía impacto emocional puede perder su sentido. las apariencias de los fetos no son argumentos, así que quienes así las usan, como los antiabortistas que nos ponen imágenes de fetos de ocho meses y de niños de dos años para decir algo sobre fetos de menos de tres meses, sólo pueden justificarlo para apelar a la emoción.

Frente a esto, sorprende que detrás de las marchas y grupos que reivindican que se prohíba el aborto se encuentren la iglesia católica y también  muchas iglesias protestantes. ¿Estos señores conocen su doctrina? ¿se han leído la Biblia? ¿saben leer quizá?. Curiosamente una lectura de la Biblia nos muestra como el Dios del Antiguo Testamento nunca se ha mostrado demasiado respetuoso con la vida humana, ni siquiera la de los fetos ni la de los recién nacidos.

Si hacemos una retrospección histórica, podremos comprobar que el aborto le importó muy poco o nada a la religión cristiana hasta tiempos muy recientes. Ni en el Antiguo Testamento, ni en el pensamiento atribuido a Jesús, ni en los textos de Pablo de Tarso, ni en los apóstoles se encuentra ninguna alusión a que el aborto sea pecado (de hecho se consideran pecaminosas otras cosas mucho más nimias). De hecho en el catolicismo no hubo postura oficial hasta 1869, con Pío IX. Sin embargo, hoy se castiga con la excomunión. A decir verdad, hay textos de cristianos tempranos que reprueban el aborto, pero lo hacen porque suele ser la manera de ocultar un adulterio, o porque rompía el vínculo entre sexo y procreación (Agustín de Hipona, más conocido por su nominanción cristiana de San Agustín), y no porque fuera homicidio.

En la propia Biblia, en el libro del Éxodo 21:22 podemos leer:

“Si en una riña los contendientes golpean a una mujer encinta, y la hacen abortar pero sin poner en peligro su *vida, se les impondrá la multa que el marido de la mujer exija y que en justicia le corresponda”.

“Si se pone en peligro la vida de la mujer, ésta será la indemnización: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, 25 quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida”.

Por lo tanto, provocar un aborto se castiga con una multa y dañar a una mujer por la ley del talión. Queda claro que la valoración del feto no es la misma que la de una persona. Y aquí no hay plazos, se aplica la misma ley a un feto de 1 mes que a uno de 8 meses y medio. Por cierto, que este capítulo también habla de las normas que rigen las penas para el que maltrate a sus esclavos (y son bastante suaves).

Pero, asumamos que hemos superado el plazo. ¿Qué respeto manifiesta el Dios bíblico o sus elegidos por la vida? ¿Pertenecería el Dios cristiano a una asociación pro-Vida? Hay un dato que nos debe hacer reflexionar. En la Biblia se pueden atribuir más de dos millones de muertes a Dios, y solo 10 al demonio. Hay pasajes de la biblia que deberían hacer reflexionar a más de uno de esos beatos provida.

Aunque no es necesario remitirnos a la teología bíblica para ello. A lo largo de la historia distintas sociedades y culturas han considerado que la interrupción del embarazo no es gran cosa. Entre los cazadores- recolectores no suele haber prohibiciones contra el aborto, y también era corriente en la Grecia y la Roma antiguas.

Por el contrario, los asirios, más severos, empalaban en estacas a las mujeres que trataban de abortar. El Talmud judío enseña que el feto no es una persona y, en consecuencia, carece de derechos. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, (que abundan en prohibiciones en extremo minuciosas, con respecto a la indumentaria, dieta y palabras) no aparece una sola mención que prohíba de modo específico el aborto.

Ni San Agustín ni Santo Tomás de Aquino consideraban homicidio el aborto en fase temprana (el último basándose en que el embrión no “parece” humano). Esta idea fue adoptada por la iglesia en el Concilio de Vienne (Francia) en 1312 y nunca ha sido repudiada. La primera recopilación de derecho canónico de la Iglesia Católica, vigente durante mucho tiempo (de acuerdo con el notable historiador de las enseñanzas eclesiásticas sobre el aborto, John Connery, S.J.) sostenía que el aborto era homicidio sólo después de que el feto estuviese ya “formado”, aproximadamente hacia el final del primer trimestre.

Sin embargo, cuando en el siglo XVII se examinaron los espermatozoides a través de los primeros microscopios, parecían mostrar un ser humano plenamente formado. Se resucitó así la vieja idea del homúnculo, según la cual cada espermatozoide era un minúsculo ser humano plenamente formado, dentro de cuyos testículos había otros innumerables homúnculos, y así ad infinitum.

En parte por obra de esta mala interpretación de datos científicos, el aborto, en cualquier momento y por cualquier razón, se convirtió en motivo de excomunión a partir de 1869. Para la mayoría de los católicos resulta sorprendente que la fecha no sea más remota.

Pero podemos remontarnos a épocas históricamente más recientes para comprobar que el aborto no era considerado un homicidio. Desde la época colonial hasta el siglo XIX, en Estados Unidos la mujer era libre de decidir hasta que “el feto se movía”. Un aborto en el primer trimestre de embarazo, e incluso en el segundo, constituía, en el peor de los casos, una infracción. Rara vez se solicitaba una condena al respecto, y resultaba casi imposible de obtener, en parte porque dependía por entero del propio testimonio de la mujer acerca de si había sentido los movimientos del feto, y en parte por la repugnancia del jurado a declararla culpable por haber ejercido su derecho a elegir. Se sabe que en 1800 no existía en Estados Unidos una sola disposición concerniente al aborto. En la práctica totalidad de los periódicos (ya hasta en muchas publicaciones eclesiásticas) aparecían anuncios de productos abortivos, aunque el lenguaje empleado fuese convenientemente eufemístico.

Sin embargo, hacia 1900, en todos los Estados de la Unión, el aborto estaba vedado en cualquier momento del embarazo, excepto cuando fuese necesario para salvar la vida de la mujer. ¿Qué sucedió para que se produjera este cambio? La religión tuvo poco que ver. Las drásticas transformaciones económicas y sociales que se producían en Estados Unidos estaban transformando la sociedad agraria en otra urbana e industrializada. Norteamérica estaba pasando de una de las tasas más altas de natalidad del mundo a una de las más bajas. Es innegable que el aborto desempeñó un papel en ello y estimuló fuerzas para su supresión.

Si uno provoca la muerte deliberadamente a un ser humano, se dice que ha cometido un asesinato. Si el muerto es un chimpancé (nuestro más próximo pariente biológico, con el que compartimos el 99,6% de genes activos) cualquiera, entonces no es asesinato. Hasta la fecha, el asesinato se aplica sólo al hecho de matar seres humanos. Por eso resulta clave en el debate sobre el aborto la cuestión del momento en que surge la personalidad (o, si por emplear términos más espirituales, el alma). ¿Cuándo se hace humano el feto? ¿Cuándo emergen las cualidades específicamente humanas?
Científicamente hablando, un feto es un organismo vivo y perteneciente a la especie humana. Pero -aquí esta la trampa de los provida– el hecho de que un feto sea un ser humano (concepto biológico) no conlleva, por mucho que les pese a algunos, que sea una persona (concepto jurídico), uno de cuyos rasgos esenciales, además de ser humano, es haber nacido.

Llegados a este punto, es en el marco del debate jurídico-político donde se tiene que definir si el feto es un bien protegible legalmente y hasta qué punto de su desarrollo biológico.

Aceptar que se puede matar cualquier criatura viva, en especial una que posteriormente se convierta en un bebé, se presta a problemáticas consideraciones de tipo moral o sentimental, pero debemos rechazar los extremos de “siempre” y “nunca”, y eso nos coloca, lo queramos o no, en la pendiente resbaladiza. Si tenemos que optar por un criterio de desarrollo para considerar un feto protegible legalmente, aquí es donde hay que trazar la raya: cuando en su naturaleza se hace posible un mínimo asomo de pensamiento característicamente humano.
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