Por un juicio ético a la eugenesia

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En una reciente entrevista de la revista Vice, el psicólogo evolucionista Geoffrey Miller confiesa que ha donado su ADN a un proyecto encabezado por la institución de investigación genética más grande del mundo con sede en la provincia de Shenzhen, en China. Miller, según afirma, es uno de los 2.000 cobayas seleccionados por IBG Shenzhen para un proyecto transhumanista.

Según Miller, diversas muestras de ADN fueron recogidas en su mayoría de genios de ascendencia china y europea. También declaró abiertamente que el objetivo de toda esta operación es utilizar el ADN recogido para diseñar una nueva raza de humanos cognitivamente mejorados al servicio del Estado chino. Miller se expande aún más al afirmar que los chinos contemplan este tipo de intervenciones eugenésicas dirigidas por el gobierno, como deseables.

Por si esto fuera poco, estos programas de mejoramiento genético iniciados por los chinos se han extendido también a los Estados Unidos. Recientemente, BGI Shenzhen anunció que su proyecto eugenésico ha sido adquirido por un Instituto de Genoma con sede en EEUU; Complete Genomics.

El poder de esta tecnología genética se encuentra ahora en manos de un proyecto eugenésico dirigido desde China, cuyo fin es la creación de seres humanos mejorados. Sin embargo, la idea de crear, a través de la ingenieria genética y eugenésica con el fin de crear una nueva raza de personas no es una idea exclusiva de la despótica República Popular China.

Años atrás, en el verano de 1997 el periodista Maciej Zaremba sacó a la luz que la muy progresista y socialdemócrata Suecia había esterilizado secretamente a miles de mujeres suecas. A raíz de su denuncia, una investigación del propio gobierno sueco descubrió que se había esterilizado a 230.000 personas entre 1935 y 1996 “en el marco de un programa basado en teorías eugénicas” y por razones de “higiene social y racial”. Las autoridades se vieron obligadas a indemnizar a miles de pacientes que habían sido esterilizados a petición propia o sin su consentimiento.

Eugenesia es un término acuñado en 1883 por Francis Galton, un polímata británico emparentado con Charles Darwin. El término es una combinación de raíces griegas que componían “bueno al nacer” o, si se prefiere, “noble por herencia”, expresaba su idea de mejorar la especie humana biológicamente manipulando su “esencia hereditaria”; esto, según él, se conseguiría deshaciéndose de los “indeseables” y multiplicando los “deseables”.

Los partidarios de la eugenesia insistían en que los genes hacían que las personas fuesen proclives a la pobreza, la criminalidad, el alcoholismo y la prostitución, y que las personas portadores de genes dañinos socialmente estaban proliferando a un ritmo amenazante. Los eugenistas a ambos lados del Atlántico abogaban por un programa que se desarrollaba en dos frentes con objeto de aumentar la frecuencia de los genes “buenos” en la población y disminuir los “malos”: por una parte estaba la eugenesia “positiva”, favorecedora del nacimiento de personas “superiores”, por otra la “negativa”, que eliminaba o excluía biológicamente a las personas “inferiores” de la población.

La eugenesia negativa se hizo popular en su tiempo. Multitud de movimientos eugenésicos florecieron en los Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Escandinavia, en distintos focos de Europa y partes de Latinoamérica y Asia, a tal nivel, que dichas prácticas se extendieron en el periodo entre las guerras mundiales mediante las llamadas “leyes de esterilización”. Así, la mitad de los Estados de los EEUU promulgaron este tipo de legislación, aunque sólo unos pocos, especialmente California, hicieron que se cumpliese. Medidas similares se tomaron en las provincias canadienses de Columbia Británica y Alberta, en Suecia y en Alemania. Las tasas de esterilización se dispararon aún más con la llegada de la Gran depresión de 1929. La esterilización tenía un amplio apoyo que se justificaba porque prometía reducir el coste de las ayudas e instituciones sociales para los pobres. En Alemania, tras la aprobación de las Leyes de Núremberg en 1935, el Tercer Reich pasó de la esterilización a la eutanasia de enfermos mentales de los asilos alemanes. Todos los judíos pasaron a ser considerados no aptos, una “raza inferior” y destinados a ser eliminados en “la solución final”.

Sin embargo, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, con el descubrimiento por el mundo del Holocausto, la palabra eugenesia pasó a ser una palabra maldita.

Por este motivo está sólidamente establecida la relación entre Eugenesia y Racismo, pero la realidad es que inicialmente la obra de Galton fue asumida y difundida fundamentalmente por personas con mentalidad progresista y de izquierdas. Figuras de gran prestigio apoyaban la eugenesia positiva. El presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, alarmado por la disminución del número de nacimientos por mujer entre las de su clase social, las animaba a tener más hijos por el “bien de la raza”. George Bernard Shaw afirmó que, con objeto de producir más niños superiores, la sociedad debería permitir a mujeres “capaces” concebir niños de varones “capaces” a los que no volverían a ver. Nikola Tesla, por ejemplo, al igual que Francis Galton, era partidario de la imposición selectiva, y su opinión era que ésta debía impulsarse aún más hasta que eventualmente se estableciera la eugenesia de forma universal en el futuro.

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No obstante, a pesar de las siniestras experiencias protagonizadas a lo largo de la historia por las prácticas eugenésicas forzadas, y el supuesto proyecto eugenésico llevado a cabo por el gobierno chino, el desarrollo de la genética molecular desde los años 50 ha llevado a algunos biólogos a proponer una nueva eugenesia, libre de discriminación por raza o clase, con el objeto de hacer desaparecer las enfermedades genéticas, lo que provocaría la aparición de un ser humano mejorado en una primera fase y, usando técnicas de ingeniería genética y, si ello es posible, de un ser humano plus (para no decir “superior”), después.

En este contexto lo que se concibe es la reformulación de la eugenesia positiva, basada en la identificación de buenos genes y por ende el mejoramiento de la especie manipulando genéticamente al feto para que se desarrolle con características deseables cuyos genes provengan de distintos padres con características excepcionales y se le extraerían los genes defectuosos y los genes que producen características no deseadas.

Está por ver que un programa eugenésico como este alguna vez llegue a convertirse en un servicio institucionalizado, pero no sería realista negar que, a día de hoy, tan solo aquellos padres con medios económicos más que suficientes estarían capacitados para practicar la eugenesia de forma privada. Esto pueda llevar incluso a plantear distopías varias propia de escritores de ciencia ficción, como la posibilidad de que empresas privadas especializadas en la ingeniería genética monopolicen estas prácticas con fines exclusivamente comerciales. Con las sucesivas privatizaciones de servicios públicos que se están dando en los últimos años, este planteamiento no resulta descabellado.

La experiencia histórica ha demostrado que las prácticas eugenésicas impulsadas por decreto derivan siempre en tiranía al servicio de los objetivos siniestros de cuatro iluminados. Pero una nueva eugenesia aplicada de forma libre y voluntaria, abre un nuevo horizonte cuyo fin último sería la salud frente a la enfermedad. Una neoeugenesia orientada a principios éticos, alejada de esos modelos potencialmente distópicos que históricamente se han planteado.

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