¿España se resquebraja?

España desfragmentada

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del secesionismo. Todas las fuerzas de la nueva Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: David Cameron y Hollande, Merkel y Rajoy, y los organismos de Bruselas.

Parafraseando la célebre introducción que encabezaba el Manifiesto de Marx y Engels, las autoridades europeas y los gobiernos de la mayoría de los países de la Unión contemplan con mucho recelo -hasta se podría decir que con animadversión- los movimientos secesionistas que últimamente han tenido lugar en el marco de la Unión Europea.

Casi todos los medios de comunicación han señalado que Europa tuvo un respiro de alivio tras el triunfo del “NO” en el referéndum de Escocia. No es de extrañar, por tanto, que contemplasen con miedo, lo que pudiera resultar de la consulta escocesa y el efecto dominó. que esta pudiera ejercer en otras zonas, empezando por Cataluña y otras regiones de Europa. Es posible incluso que se haya pensado que David Cameron cometió de forma gratuita un error garrafal que podía tener un alto coste para el conjunto de la Unión Europa.

En el caso español, una parte importante del pueblo catalán y del vasco manejan la ensoñación de la independencia sin plantearse cuestiones de viabilidad. Resulta ilustrativo que en Cataluña los nacionalistas se nieguen a aceptar que la hipotética independencia conllevaría la exclusión de la Unión Europea y de la Unión Monetaria. Pretenden seguir teniendo el mismo acceso a los mercados, pero sin pagar por ello. En una palabra, pretenden convertirse en Alemania. Secesionarse es para muchos de ello más una cuestión de sentimentalismo que una opción fría y razonada, tal vez porque hayan renunciado a la meta de un Estado integrador en el que quepan sus diferencias.

La amenaza de desintegración del Estado español es una realidad que no se puede descartar. Esta posibilidad es un hecho plausible en cuanto a la ausencia de un sentimiento nacional integrador. Según diversas encuestas, una clara mayoría de catalanes, el 52%, se declara abiertamente a favor de la independencia, mientras que sólo un 24% votaría en contra. La misma situación se reproduce en Euskadi, donde según el Euskobarómetro, una mayoría de los vascos (un 59 %) está a favor de que se plantee en Euskadi un referéndum sobre la independencia de la región. Mientras que en la lluviosa Galicia, con respecto a la independencia, una mayoría de la población suele responder siempre a las encuestas con un escueto: depende.

Muchos españoles todavía no han sido capaces de disociar la conceptualización hegemónica y uniformizadora que hizo el franquismo de España. La Transición no ha sido capaz de aglutinar a todos los españoles en un Estado moderno, democrático y respetuoso de la diferencia.

La historia de España lleva arrastrando consigo un lastre histórico. Llegamos tarde o estuvimos ausentes de las grandes revoluciones liberales y burguesas que han configurado los estados nación modernos. Ni la revolución francesa, ni la revolución industrial tuvieron lugar en nuestra historia, marcada en su pasado reciente por campesinos minifundistas, (o de siervos latifundistas), y por su profunda ignorancia de la verdadera modernidad. Esto es; la ruptura y avance civilizatorio que supuso el Estado Moderno surgido tras la Revolución de 1789; Un nuevo orden que se extendió por todo el continente, (excepto España), tras las subsiguientes revoluciones burguesas y las I y II Guerras Mundiales.

Evolucionamos del imperio al aislamiento, sin solución de continuidad. La Constitución de Cádiz y la II República fueron oportunidades fallidas lastradas por la ausencia de tolerancia y del respeto a la diferencia. El último intento de revolución de nuevas mayorías, (la II República), fué tumbado a sangre y fuego por las castas del Ancien Régime. Y tras la muerte del dictador en 1975, España se polarizó entre los feudales gomineros por un lado a la derecha, los sociatas felipistas por el medio a la izquierda.

Iniciado ya el siglo XXI, en los tiempos del Euro y la globalización, en España emerge el fantasma de la desintegración ciudadana y territorial.

Varias décadas han pasado desde que José Calvo Sotelo pronunciara la famosa y ya histórica frase en el Congreso de los DiputadosAntes una España roja que una España rota“… Aún hoy surgen voces intelectualmente sólidas que avisan del peligro disgregador y del abismo que aguarda a quienes lleguen a separarse. En un mundo globalizado, el camino que espera a un Estado independiente disociado de un Estado de la Unión Europea está repleto de obstáculos. El primero, el aislamiento. La Unión Europea ha avisado de la situación de quien llegue a separarse dentro de un estado asociado. Ponerse en la cola para relacionarse con Europa.

La Constitución es un compendio de derechos que obliga a su complimiento. Quien atenta contra la Constitución se asoma al abismo de la ilegalidad. Pero la amenaza legal o militar no es soporte para integrar un Estado moderno. Se trata de convencer primero para hacer cumplir después. La coacción no sirve permanentemente si ella no está amparada por el convencimiento. No es factible obligar a ser español a quien no desea serlo; la obligación no es método para integrar. Es necesario el convencimiento que motive lealtad. Al igual que las personas, los pueblos tienen derecho a decidir si quieren vivir juntos o independientes uno del otro. Y en este caso, España, como Estado, ha sido incapaz de enamorar a sus pueblos periféricos para que prefieran formar parte del Estado. En otras palabras: España es un matrimonio mal avenido en el que uno de sus miembros reclama el divorcio.

Los procesos secesionistas que están surgiendo en España y en el resto de Europa son sin duda un peligro para la vertebración del Estado y la Unión Europea, pero al mismo tiempo son su consecuencia, sus hijos bastardos; el resultado de sus contradicciones, de su malestar como consecuencia de una crisis.

No sé si el modelo federal es la solución, pero sí estoy convencido de un requisito imprescindible: si se desea exorcizar definitivamente el fantasma del secesionismo, el reto no es solo ganar la batalla del convencimiento de que toda solución pasa por la creación de España como Estado moderno. En realidad la solución pasa por una cuasi refundación y redefinición de España, zanjando las cuestiones pendientes de la historia y negociando con lealtad las estructuras de un Estado sostenible en el que estén garantizada las diferencias y la igualdad los derechos de todos los ciudadanos. Así como determinadas reivindicaciones sociales. Solo esto será esencial para proporcionar unas bases que ayuden a disputar terreno sociológico a los movimientos independentistas.

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