Despenalización de las drogas: ni en contra ni a favor, sino todo lo contrario.

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La marihuana coloca, joder que si coloca…

Pero no solo la marihuana, también lo hace la cocaína, la heroína, y el LSD ni te cuento, te pega de cada viaje que luego te metes un hostión que implica días enteros de resaca. Están tan bien documentados los efectos de distintas drogas sobre el cerebro humano que todas las coartadas pseudo-místicas del consumidor que se pusieron de moda en los 60 ya no son asumibles. No, las drogas no expanden la conciencia, no vuelven a la peña más creativa, no ayudan a la concentración y no son ninguna forma de rebeldía. Al contrario, te dejan subnormal perdido, alienan y anulan la personalidad de sus consumidores.

Partimos de la base que “droga” es cualquier sustancia con capacidades psicoactivas que modifican el aspecto conductual de quien las ingiere. Sus fines pueden ser con un fin terapéutico (lo que se conoce habitualmente como medicamento o fármaco) o recreativo/ceremonial (lo que popularmente llamamos “drogas”: sustancias ).

Todos los cerebros reaccionan exactamente igual ante sustancias como el alcohol, la marihuana, la cocaína, el opio, el THC, etc. Todos los borrachos actúan como borrachos. Su conducta es más uniforme cuanto más borrachos están. De hecho solemos decir que cuando alguien está borracho quien actúa o quien habla “es el alcohol” y no la persona. La frase es cierta. Las drogas tienen la capacidad de anular selectivamente partes de nuestra personalidad, capacidades intelectivas, emocionalidad desarrollada, etc. He visto a muchos jóvenes brillantes convertirse en adultos completamente agilipollados por culpa de una adicción de décadas a la marihuana. Esto es suficiente como para no ver el consumo de drogas con buenos ojos. Parecería justificado pues que muchas de estas sustancias tan lesivas sean ilegales con el fin de mantener su acceso fuera del alcance de la mayoría de los ciudadanos.

Ya hace más de cuatro décadas, el entonces presidente de EEUU, Richard Nixon, lanzó la guerra internacional contra las drogas. No obstante las políticas prohibicionistas no eran ninguna novedad en tal país: en 1914 el Congreso decretó la prohibición de estupefacientes como la cocaína y la heroína, y en 1937 le llegó el turno a la marihuana, lo cierto es que podría debatirse sobre el interés que ponían las autoridades en que se cumplieran esas normas. Todo cambió en 1969. Pero basta remontarse más atrás en la historia para encontrar políticas prohibiciones alcanzaban también a las drogas legales.

En 1919 fue ratificada la XVIII Enmienda a la Constitución norteamericana, que prohibía la fabricación, venta, transporte e importación de bebidas alcohólicas. Una década más tarde, la Ley Volstead, también conocida como Ley Seca, era a todas luces un estrepitoso fracaso. Lo que antes era un negocio formal había degenerado en un mercado negro altamente lucrativo y muchas veces violento. Bandas criminales poderosas luchaban en las calles por el control del mercado, al tiempo que corrompían a las autoridades. Surgieron mafiosos emblemáticos como Al Capone. Las condiciones insalubres y la falta de controles de calidad sobre el alcohol causaron la muerte de miles de estadounidenses por intoxicación y envenenamiento.

En su objetivo de impedir que los ciudadanos estadounidenses consumieran alcohol, y derivaran en sus efectos secundarios —violencia, corrupción, insalubridad— los efectos de la prohibición probaron ser más perniciosos que los males relacionados con el alcoholismo. Finalmente en 1933, mediante la ratificación de la XXI Enmienda, EEUU puso fin a tan fallido experimento. No obstante, y en no menor medida debido a prejuicios raciales, se dejaron intactas las leyes relacionadas con otras sustancias, así que la cocaína (consumida por afro-americanos), la marihuana (consumida por mexicanos) y el opio (consumido por chinos) continuaron siendo sustancias prohibidas.

Visto con retrospectiva no es difícil establecer paralelismos entre la experiencia de la Prohibición y la Guerra contra las Drogas que se está librando en la actualidad en Estados Unidos y en Latinoamérica. Como ya ocurrió en tiempos de la Ley Seca, la Guerra Contra las Drogas se lleva miles de vidas se pierden todos los años como consecuencia de la violencia relacionada con el narcotráfico. En México, el más reciente estimado apunta a 28.000 asesinatos desde que el presidente Felipe Calderón declaró la guerra a los cárteles de la droga, en diciembre del 2006. La mayoría de las víctimas son personas ligadas al narco, sin embargo la cantidad de civiles inocentes ultimados en tiroteos va en aumento. En EEUU, cada año se arresta a 1,5 millones de personas por vulnerar las leyes anti-narcóticos. Desde 1989 se ha encarcelado a más gente por este tipo de actos que por todos los crímenes violentos juntos. En términos proporcionales, EEUU es el país con más población reclusa; está por encima incluso de países de poca calidad democrática como China. La tasa norteamericana de encarcelamientos es entre cuatro y siete veces superior a la de otras democracias occidentales, como el Reino Unido, Francia y Alemania. Solo esto son sólo algunos de los innumerables daños colaterales que ha tenido la lucha contra las drogas.

John Collins, coordinador de proyecto de política internacional sobre drogas de la London School of Economics (LSE), realizó unas tajantes declaraciones respecto:

Es hora de acabar con esta guerra. Existe un amplio consenso y suficientes evidencias para saber que la estrategia actual ha sido desastrosa, no ha logrado su objetivo y ha provocado muchas consecuencias negativas. Continuar por esta línea no está justificado. La estrategia de la ONU para lograr un mundo libre de drogas ha fracasado. Es un objetivo inalcanzable. Décadas de evidencia permiten concluir que la oferta y la demanda de drogas ilegales es algo que no se puede erradicar, sólo se puede manejar mejor o peor“.

Collins no ha sido la única voz que ha dejado de manifiesto el fracaso de la lucha contra las drogas. Sus palabras también la suscriben en un informe de 84 páginas cuatro Premios Nobel de Economía -Kenneth Arrow (1972), Sir Christopher Pissarides (2010), Thomas Schelling (2005) y Vernon Smith (2002)-, y diversas personalidades como el ex primer ministro británico Nick Clegg, el Alto Representante de la UE para Asuntos de Seguridad y Política exterior (1999-2009), Javier Solana, y el ex secretario de Estado de EEUU (1982-1989), George Shultz.

Cada vez más personas en todo el mundo está de acuerdo en que ese debate es necesario, que hay que hacer algo para cambiar y mejorar la situación, pues las medidas policiales, políticas, legales, sociales o sanitarias adoptadas hasta ahora no han servido para disminuir el consumo ni controlar sus efectos negativos. Con lo cual se ha abierto un serio debate internacional sobre su posible legalización. Incluso algunos países han adoptado algunos tímidos pasos en esa dirección. En el año 2012, el Estado de Washington y el de Colorado aprobaron leyes que permiten el uso recreativo de la marihuana y es bastante posible que otros Estados de EEUU sigan su ejemplo en un futuro cercano. En diciembre de 2013, Uruguay se convirtió en el primer país en el mundo en legalizar la producción, venta y consumo de marihuana, claro, con sus restricciones. Los consumidores deberán registrarse en el Instituto de Regulación y Control de Cannabis (IRCC), organismo público que otorgará licencias de plantación de marihuana. Mientras que Canadá ha sido el primer país en habilitar un sistema legal para regular el uso médico de la marihuana. Las personas enfermas que reciban un permiso del gobierno, pueden usar marihuana de manera legal. Sin embargo, la producción comercial y venta es penada.

Uno de los argumentos que más se esgrimen en favor de la legalización es que de aplicarse ayudaría a rebajar seriamente las ganancias del crimen organizado. Los narcóticos (incluida la marihuana), por ejemplo, pueden representar casi la mitad de los beneficios de algunos cárteles del narcotráfico. Pero al margen de que la legalización de la venta y consumo de drogas sea la solución, no debemos olvidar que el aumento de la drogadicción obedecen a causas psicosociales mucho más profundas que van más allá de la situación de ilegalidad o no en cuanto a su consumo. Sustancias que modifican el estado psicoafectivo de quienes las consumen ha habido siempre en la historia de la Humanidad, en absolutamente todas las épocas y culturas, desde hongos alucinógenos hasta el alcohol etílico de vegetales fermentados, pasando por un largo listado.

Cualquiera que se sitúe en retrospectiva podrá comprobar que un gran número de consumidores llevaban vidas muy productivas antes de que las drogas se prohibieran. Hasta la Primera Guerra Mundial, cuando se introdujo al amparo de la seguridad nacional, ni en el Reino Unido ni en los EEUU había un excesivo control de las drogas. La cocaína, la morfina y la heroína se podían comprar en cualquier farmacia. Había muchos consumidores, entre ellos William Gladstone, a quien le gustaba ponerse una gota de laudanum (un tintura alcohólica de opio) en el café antes de un discurso. Algunos consumidores ocasionalmente tenían problemas de adicción, pero ninguno tenía que enfrentarse a los precios inflados, los riesgos para la salud y la amenaza de cárcel a que se enfrentan los consumidores actuales a causa de la ilegalización.

Ya fuera con fines recreativos o rituales, es obvio que las drogas han aparecido ininterrumpidamente a lo largo de nuestro transcurrir como especie. Ahora bien: es en el transcurso del siglo XX, en medio de un mundo ya globalizado y capitalista en su totalidad, estas drogas van pasando a convertirse no solo en un mercado muy lucrativo para las organizaciones ilegales dedicadas a su venta y distribución, sino especialmente en una forma de evasión. Si hoy desde hace ya varias décadas, el mercado de narcóticos se amplía continuamente, ello nos está diciendo algo que la sociedad está cada vez más necesitada de este tipo de “placeres”. Esto es, mecanismos de huida de la realidad, de búsqueda de “paraísos” placenteros. Es un síntoma de nuestra humana condición, de nuestras estructurales debilidades y flaquezas. Hay que reconocer que las drogas cumplen un cometido en la dinámica humana de supervivencia. Al Igual que las religiones, “ayudan” a sobrevivir. En ese sentido tiene absoluta vigencia la expresión de Marx “la religión es el opio de los pueblos”. En definitiva, con drogas o con religiones, el ser humano busca salidas mágicas ante situaciones que le desbordan. Ello no hace sino ratificar el hecho que la especie humana tiene un borde transgresor que siempre nos lleva a buscar esa “manzana prohibida”.

Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que muchas personas, por no decir prácticamente todos los adultos, consumen alcohol.  Y a la mayoría de ellos no les veremos delinquiendo, ni provocando problemas sociales. Con lo cual no pone de manifiesto que el problema no es la droga en sí, sino la adicción, y como ocurre con cualquier tipo de adicción, ya sea a las drogas ilegales, alcoholismo o tabaquismo, su consumo no deja de ser una forma patológica de reducir la ansiedad a la que recurren ciertas personas que poseen un determinado perfil de fragilidad. No es algo causado por un traficante de drogas. Por eso, mientras haya clientes (y el número de personas con este perfil de fragilidad se incrementa cada día a causa del tipo de vida familiar y social que llevamos hoy día) habrá demanda de narcóticos (lo mismo que sucede con el alcohol, el tabaco o los antidepresivos). Cuantas más personas haya que necesiten un reductor de ansiedad químico más traficantes habrá, y no al revés.

Cuando un sujeto no ha podido o sabido adquirir de su familia las  pautas suficientes y adecuadas para poder “sobrevivir” a una sociedad excesivamente tensionada, la ansiedad que le produce enfrentarse a la vida cotidiana le hace nacer la necesidad, el impulso irrefrenable que lleva hasta las conductas adictivas o a cualquier otro tipo de ingesta o comportamiento capaz de actuar como un “reductor de ansiedad”. Estas situaciones lesivas y, en mayor o menor medida, patológicas, están creciendo cada vez más por efecto de la sociedad que hemos conformado entre todos: una sociedad mediocre, agresiva, competitiva, neurotizante y estresante.

Por tanto, la propuesta de despenalizar el consumo de drogas –y ahí habría que empezar a plantear una enorme serie de consideraciones– podría ser quizá la salida “menos mala” (porque criminalizar al consumidor no ayuda a terminar o a hacer descender con el consumo), Pero la cuestión fundamental, más allá del grado de “peligrosidad” de la sustancia en juego, es que la problemática de las drogas debe ser abordada no como un problema policial o legal, sino como ante todo como un problema sanitario y psicosocial.

Si queremos hacer disminuir con eficacia la epidemia social que representa el consumo de drogas reduciéndolo a un fenómeno marginal, antes será necesario cambiar nuestra sociedad pero, como servidor es tan pesimista en este sentido, creo que sólo podemos mejorar pequeñas cosas. El gran trabajo hay que hacerlo en casa. Podemos prevenir que los jóvenes sean náufragos de ese mundo infumable que estamos ayudando a hacer entre todos. Debemos ayudar a fortalecer la personalidad de los hijos, a conformar personas con límites, con capacidad de reflexión, con un control emocional suficiente para poder resistir los niveles de estrés y ansiedad que tenemos que soportar. Lo que no se hace correctamente desde la familia y, después, desde la escuela, difícilmente podrá corregirse pasado el tiempo y desde fuera. La prevención es la mejor y más barata inversión que puede hacerse en cualquier ámbito de la vida.

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