España: paraíso de la Organizatsja

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El tiempo de espera se hacía muy largo en la antesala de la prisión de Quatre Camins. Algunas sillas de plástico viejas, insuficientes para todos los familiares; infantes correteando por los pasillos; hijas con rostros desalentados esperando ver a sus padres aunque solo sea detrás de un cristal, durante veinte minutos y sin la posibilidad de una caricia; mujeres vestidas con sus mejores galas, provocativas para alegrar, al menos durante unos minutos, la vista a sus maridos. Aquél era un habitáculo especialmente lúgubre; los que mataban el tiempo fumando durante la tensa espera lo hacían apresuradamente y volvían a entrar en la sala; los que se decantaban por un café en la máquina tenían peor suerte, pues las reservas de azúcar se habían agotado, lo cual contribuía a incrementar aún más la amargura de la espera.

Servidor esperaba, intentando mantener la flema a diferencia de todos los demás visitantes, que no ocultaban su inquietud. No iba a ver a ningún familiar, ni siquiera a un conocido. Treinta días antes me había sorprendido una llamada telefónica. Con mi puño y letra había escrito a diferentes presos que recientemente fueron arrestados por su vinculación a bandas de crimen organizado en España. Como bloguero dedicado a escribir artículos sobre diversos temas, hacía tiempo que tenía interés en analizar desde la perspectiva de los cuerpos policiales cómo habían dado con la detención de los principales capos, y también me resultaba interesante contar con la versión del otro lado, la de los criminales. Sentí admiración tras leer por la prensa el trabajo de investigación que había llevado a cabo el grupo del Cuerpo Nacional de Policía de Barcelona en la detención de diversos grupos mafiosos vinculados a la trata de blancas, extorsión y lavado de dinero. Uno de los detenidos en el marco de esas operaciones fue Andrei Petrov, el cual no dudó en responder con una llamada cuando recibió mi petición de visitarle. Eran las diez y media de la mañana cuando sonó mi celular: “soy yo, Andrei“. En un marcado acento ruso, manifestaba gustosamente su disposición a entrevistarse conmigo en el recinto penitenciario.

Ahora estaba a punto de entrar en el locutorio para hablar con el sujeto en cuestión. Se acababan de abrir las puertas de acceso a los locutorios de la prisión. Hileras de cabinas esperaban vacías a que entraran los familiares y allegados de los presos. Eran estrechas, con un banco metálico para dos personas y un enorme cristal en el cual se apreciaban marcas de manos de los que habían entrado antes y habían buscado en vano un mínimo contacto con su familiar encarcelado, aunque solo fuera notar el calor de su mano a través del vidrio. En el centro de la ventana blindada había instalado un pequeño altavoz, para poder entenderse en una conversación de un máximo de veinte minutos. De repente, se abrió la puerta al otro lado del cristal: era Andrei, haciendo entrada triunfal. Su cuero cabelludo mostraba una calvicie que hacía de su cabeza una auténtica bola de billar. En el lado izquierdo de su rostro huesudo y endurecido, se apreciaba una notable cicatriz que le cruzaba la cuenca del ojo. Su piel era blanquecina y sus ojos de un gris muy claro, lo que hacía que su mirada resultara especialmente fría y siniestra.

Me saludó muy reservadamente una vez se sentó cara a cara frente a mi, cuyo mediador entre ambos era ese cristal al que consideré como una pantalla protectora frente aquél individuo de presencia inquietante. Apuntándome con su mirada sombría, Andrei comenzó a interrogarme con toda una serie de preguntas en actitud perspicaz, mientras al mismo tiempo con su mano apuraba intensas caladas a un humeante cigarro cuya cortina de vapor cancerígeno infestaba el otro lado de la cabina y cubría su feo rostro. Una vez roto el hielo inicial, pudimos entablar algo parecido a una conversación. No sin antes formularme una pregunta con ese acento ruso tan característico que mis oídos ya habían escuchado por primera vez en nuestra conversación telefónica treinta días atrás: «¿qué prefieres que te diga, que soy inocente o culpable?»

Mi respuesta: -«Yo prefiero que me cuentes porqué estás aquí. Supongo que no te han encerrado por una multa de tráfico. Quiero saber más sobre ti y las razones de tu encarcelamiento».

En esos instantes, Andrei se arremangó su brazo derecho, mostrándome con orgullo cómo en sus musculados bíceps tenía tatuado un símbolo cuyo significado pude reconocer sin dificultades: el emblema de los Vor v Zakone. Era como si con esa imagen quisiera expresarlo todo.

«Soy un ladrón de ley»

Andrei Petrov era uno de los 24 detenidos en el marco de una operación policial, bautizada como Java, contra las mafias rusas asentadas en España la cual tuvo lugar hace cuatro años. El golpe fue ejecutado por el Cuerpo Nacional de Policía, los Mossos d’Esquadra y la Ertzaintza. La organización recaudaba dinero procedente de varios países europeos por actividades relacionadas con el robo y la extorsión. Petrov fue arrestado junto con su padre, su secretaria y una arquitecta. Fueron acusados de dirigir y participar en una trama de blanqueo de dinero que había elegido la localidad de Lloret de Mar como base de operaciones. Los investigadores estiman que Petrov habría llegado a lavar cerca de 56 millones de euros.

Conocida como la Mafiya o mas bien como la Organizatsja, la Mafia Rusa remonta sus orígenes en los gulags soviéticos de la época estalinista, donde miles de criminales fueron encarcelados tanto como por delitos políticos como por delitos comunes. Fue ahí donde estos convictos aprendían las reglas y tradiciones del mundo de los ladrones. Un mundo con un código de honor y una jerarquía estricta dominada por los “Ladrones de Ley” (Vor v Zakone), el mas alto rango dentro de la jerarquía mafiosa rusa, el equivalente a un Padrino siciliano, que originalmente se encargaba de resolver las disputas en la cárcel y hacer cumplir el “Código de los Ladrones” (Vorovskoy Zakon) el cual se fundamenta por 18 puntos de su código de honor, entre los que se encuentra la prohibición de contraer matrimonio, no cooperar con las autoridades o no delatarse los unos a los otros. El Ladrón de Ley es elegido por un consejo de jerarcas formados por la élite de la Organizatsja, o sea, por otros “Vor v Zakone“, a dicho proceso se le denomina en el argot criminal como “coronación”.

Más adelante, en la época de Breznev muchos de estos Vor v Zakone habían empezado a operar con éxito introduciéndose en un emergente mercado negro que surgió en los últimos años de la Unión Soviética, inclusive se habían asentado en otros países como EE.UU. a finales de los años 70. No obstante, no fue hasta la caída del Telón de Acero bloque cuando surge la Mafia Rusa como la conocemos en la actualidad. Durante los años que siguieron a tal hecho se llegó a una situación de verdadera anarquía social. El hecho de que Rusia pasara de un día para otro de una sociedad comunista a otra capitalista de libre mercado, hizo que los recursos y las empresas estatales quedaran en manos de una oligarquía que se hizo multimillonaria en cuestión de meses, gracias a la especulación de los precios y ante una inepta burocracia que no sabía adaptarse a la nueva situación y se veía incapacitada para impedir la fuga de dinero que se estaba produciendo. Durante el mandato del manejable y corrupto Boris Yeltsin se vendieron antiguas empresas soviéticas a precios risorios, se liberalizaron los precios, hubo hiperinflación del 150% y el suministro de alimentos ya no podía ser asegurado, así que se produjo un afianzado mercado negro que quedó en manos de la naciente Mafiya rusa. No en vano a mediados de los años 90 el gobierno ruso estimó que entre el 40% y el 50% de la economía pertenecía al sector negro. A día de hoy, la Mafiya es la red criminal más extendida del mundo y posiblemente la mejor armada y mejor preparada, sus centros de operaciones son tan variopintos que abarcan una gran cantidad de países como EEUU, España, Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia, Perú, México, entre otros.

Durante nuestra entrevista, Andrei Petrov me confirmó con sus palabras lo que en la prensa solo era una ligera sospecha: que varias organizaciones de delincuentes procedentes de Rusia y Europa del Este han elegido nuestro país como base de operaciones para blanquear el dinero que obtienen con sus oscuros negocios -especialmente los relacionados con el tráfico de armas y de drogas- .

La mafia rusa ha encontrado en la Costa del Sol, Levante y otros enclaves turísticos del litoral español su gran lavadora de dinero negro. El sector inmobiliario es la vía de salida de las ingentes cantidades de dinero que generan estas organizaciones gracias a su control sobre actividades como el juego, el narcotráfico, la trata de blancas, los robos y la extorsión en países como Rusia o Georgia. Además, otro motivo que explica el porqué la mafia rusa ha elegido la costa española para realizar sus operaciones es porque en el litoral español, adquirir inmuebles es fácil, porque el clima es cálido y las condiciones de vida, satisfactorias. El incremento de las colonias eslavas en esta zona ha llegado a tal nivel que basta darse una vuelta por las noches de Marbella, Torremolinos o Estepona para comprobar la existencia de muchísimos clientes de restaurantes de lujo que hablan lenguas eslavas. Incluso las calles de los barrios ubicados en estos municipios están escritas en alfabeto cirílico.

Por si esto fuera poco, el testimonio de Petrov puso al descubierto un elemento aún más preocupante: la connivencia de ciertos ayuntamientos con los tejemanejes los dirigentes mafiosos. Los datos se confirman cuando recordé los reportes de prensa: la mencionada Operación Java, la cual salpicó al alcalde de Lloret de Mar, Xavier Crespo, quien fue imputado por el el juez Eloy Velasco por un delito de cohecho y prevaricación, en la época en que el ruso era propietario de una empresa dedicada a los negocios inmobiliarios: Development Diagnostic Company. Las acusaciones estuvieron respaldadas al hallar la Guardia Civil varios documentos en los que el alcalde autorizaba unas recalificaciones del propio Petrov.

Ningún otro grupo delictivo internacional asentado en la Costa del Sol había actuado hasta ahora con tanta intensidad y sin despertar la sospecha por parte de las autoridades. Pero como reveló Petrov, los eslavos han sellado una especie de pacto no escrito existente en los clanes mafiosos italianos, ingleses o franceses, consistente en evitar tiroteos y asesinatos con objeto de no llamar demasiado la atención de las fuerzas del orden.

La mafia rusa, al igual que otras organizaciones del crimen organizado, siempre ha buscado establecer relaciones con países afectados por un alto grado de corrupción en sus estructuras institucionales. Los Estados débiles ofrecen un marco de vulnerabilidad ideal para que el poder de estas mafias se haga cada vez más presente hasta convertirse en un poder fáctico en la sombra, capaz de sobornar gobiernos y determinar su agenda, tal como muestra diariamente la situación de México y otros países de América Latina y la Europa del Este. Los países más inestables democráticamente presentan una rentabilidad para el crimen organizado, ya que al tener poco control para procesar los conflictos eficientemente, caen dentro de una dinámica en la cual cualquier tipo de crimen organizado puede operar prácticamente desde la más absoluta impunidad.

Parafraseando a Shakespeare: algo huele a podrido en el Reino de España. Sospechamos que el caso de Petrov y Lloret es sólo la punta del iceberg de algo mucho mayor. Es necesario un acción efectiva contra las bandas de crimen organizado. Con motivo de las últimas operaciones policiales contra las mafias del Este, un comisario de la Policía Nacional dedicado a combatir la delincuencia internacional planteó algunas soluciones: se mostró abiertamente partidario de crear un grupo especializado en este tipo de redes criminales. Según él, bastaría con una unidad integrada por una docena de inspectores encargados de controlar y coordinar toda la información referida a los movimientos de los ciudadanos eslavos asentados en la Costa del Sol, Valencia y parte de Cataluña.

Sin duda, la actuación policial es básica para desarticular este tipo de organizaciones y sus entramados. Pero no es solo una cuestión policial-judicial, sino también una cuestión política.

La progresiva pérdida de soberanía de nuestro país; la debilidad de nuestras instituciones ante oligopolios y grupos de presión financieros, la creciente corrupción política, las privatizaciones masivas en la que los recursos y las empresas públicas cada vez más caen en manos de una oligarquía. En estas condiciones, somos terreno abonado para que las mafias impongan su poder omnímodo a través de los gobiernos. No queremos que España acabe convirtiéndose en una Rusia o un México a la europea. El Estado somos –al menos en teoría- todos. Por esta razón es menester reforzar las instituciones democráticas e imponer una agenda de cambio que realmente simbolice un pacto de seguridad, que venga de abajo hacia arriba y no desde arriba hacia abajo.

Notas:

El término Mafia rusa es considerado ofensivo para muchos rusos, ya que un gran porcentaje de los denominados “rusos” que conforman estos grupos del crimen organizado, especialmente en Estados Unidos, dicen ser judíos, y a causa del fuerte anti-semitismo latente en diversas partes de Rusia, muchos consideran que los judíos no son realmente rusos. La predominancia de bandas judías puede ser explicada por el hecho que gran parte de los inmigrantes de la Unión Soviética eran de etnia judía. No obstante, muchos mafiosos rusos reclaman ascendencia judía para obtener el pasaporte israelí, pues las actividades de la mafia rusa están particularmente concentradas en el país hebreo. Por eso, la denominada “Mafia Rusa” no es “rusa” en su totalidad. El término “Mafias del Este” la describiría mejor. Pues en ellas también hay un gran número de individuos pertenecientes a grupos étnicos del Cáucaso, tales como chechenios, georgianos, armenios, azerbaiyanos y otros.

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