Delimitando la libertad de expresión

Freedom Of Speech

Le condenamos como autor responsable de un delito de apología del genocidio a la pena de 7 meses de cárcel por apología del genocidio, finaliza la sesión!”. Estas eran las palabras emitidas por el juez de la Audiencia Nacional de Barcelona, que sentenciaban a Pedro Varela Geiss, propietario de la Librería Europa a una pena de siete meses de cárcel por apología del genocidio. En la denuncia, la Comunidad Israelita de Barcelona actuó como acusación particular, la cual que reclamaban para el librero cuatro años de prisión por vender libros que justifican el genocidio nazi e incitan a la segregación racial.

La Librería Europa, sita en la calle Seneca de Barcelona, siempre ha estado rodeada de polémica. Su propietario, Pedro Varela, fue miembro de la organización neo-nazi Cedade. El 25 de septiembre de 1992, en una gira por Europa, Varela fue detenido en Austria por enaltecer al nazismo. Cumplió cuatro meses de cárcel y salió absuelto por desconocer las leyes austriacas. En su local vende toda clase de literatura, desde el Mein Kampf, hasta pasquines y material propagandístico perteneciente al periodo histórico del nacional-socialismo alemán. En su establecimiento acoge también varias actividades; charlas, conferencias, de historiadores negacionistas del Holocausto, como David Irving, o el ex miembro del Ku Klux Klan, David Duke.

Hace ya 16 años desde que se inició el proceso a Varela. Finalmente el librero fue condenado a dos años y nueve meses de presidio. Esta condena surge a raíz de un nuevo juicio al librero, al margen de su condena previa de siete meses de prisión por justificar el Holocausto, ello como consecuencia de un registro efectuado por los Mossos d’Esquadra en su local de Barcelona, donde se incautaron 4.793 libros de Ediciones Ojeda, editoral de su propiedad, que difundían la ideología nazi, racista y antisemita.

En encarcelamiento del propietario de la Librería Europa fue considerado por algunos, como un atentado contra el fundamental derecho a la libertad de expresión. Pero podríamos mencionar también otros muchos ejemplos posteriores, como las detenciones policiales a diversos ciudadanos por sus comentarios en la red social Twitter, en las que se vanagloriaban del asesinato de una concejal de la Comunidad Autónoma de León. Otro ejemplo es el referente al rapero Pablo Hasel, detenido en 2011 por la Brigada Provincial de Madrid y llevado a declarar frente a la Audiencia Nacional por ensalzar al GRAPO y concretamente la figura del camarada Arenas. En este y otros casos, los procesos fueron por delitos de opinión.

El atentado islamista contra el semanario satírico Charlie Hebdo , perpetrado por un grupo de yihadistas como respuesta a las caricaturas de Mahoma ha desatado nuevamente el conveniente debate sobre el uso de la libertad de expresión y sus límites.

La libertad de expresión es un derecho fundamental o un derecho humano, señalado en el artículo 19.º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y que también es contemplado por las constituciones de los sistemas democráticos. El derecho a formular juicios personales y subjetivos, creencias, pensamientos u opiniones o libertad de expresión, reconocido en el art 20 a) CE, no es sino un derecho a la emisión de opiniones. De ella deriva la libertad de imprenta también llamada libertad de prensa. Más concretamente el derecho a la libertad de información, que se concreta en el derecho a la difusión de hechos. Ambos son, hoy en día, dentro de un Estado democrático, garantía de una opinión pública libre.

Entre las limitaciones a la libertad de expresión que suelen mencionarse se encuentran las basadas en el “principio de daño” o el “principio de delito”, por ejemplo en el caso del “discurso del odio”, o también el denominado “derecho al honor”, que aparece recogido en la legislación española.

Partimos de la base de que libertad de expresión significa el derecho que comprende la libre difusión opiniones e ideas. Este ejercicio no debería tener límites. Tú puedes decir abiertamente que los homosexuales te provocan arcadas, que tu tía Enriqueta te cae peor que una patada en los cojones, o que odias a los negros y te gustaría que los exterminaran a todos. En ese sentido, sí puedes expresar tus creencias, pensamientos u opiniones, aunque otros nos ofendamos. Y nosotros tenemos derecho a tildarte de gilipollas, si creemos que lo que dices es falso u ofensivo.

En lo que respecta al ejercicio de este derecho, hay fronteras que están nítidamente delimitadas. Este derecho no debe incluir la libertad para mentir o difundir calumnias o manipulaciones. Al mentir se abusa contra el objeto de la mentira y se engaña y desinforma a quienes son receptores de la mentira, el engaño o la falsedad. Si se puede contrastar con la realidad de modo objetivo, no es una opinión ni una idea. Si afirmas que los subsaharianos en España cometen más robos a mano armada que los españoles porque son delincuentes natos y llevan la tendencia al crimen en su ADN, se te puede exigir que lo demuestres con datos, o bien te retractes o seas procesado por un delito de difamación (es decir, aún si la primera afirmación fuera cierta, la segunda, la que propone la causa de la hipotética delincuencia negra, también tiene que probarse). Si dices que un político es un ladrón que ha malversado fondos públicos, o que vendió a su madre como esclava sexual, es menester exigirte que demuestres el delito o de lo contrario seas castigado por mentir insidiosamente. Y si incitas al odio y a la violencia abiertamente también puedes caer en delito. Como los terroristas islámicos cuando llaman a otros a matar inocentes en Europa.

Por tanto, el derecho a la libertad de información, esto es, a difundir hechos que deben ser considerados noticiables en aras a mantener una opinión pública informada, no puede traspasar el límite de la veracidad. En este contexto, la publicidad engañosa no es sujeto de la legislación de la libre expresión de las ideas, porque sus afirmaciones se pueden contrastar con los hechos y determinar que los alteran con un objetivo comercial.

Pedro Varela difundía una mentira: la negación del Holocausto -hay demasiadas pruebas que demuestran que fue un hecho cierto-, y mentir no forma parte de la libre expresión. De hecho es un delito penado en las legislaciones de muchos países. Si mentir se permitiera, entonces no existiría el delito de estafa o timo, ni el de publicidad engañosa. Alguien puede decir que “opina” que el Holocausto no ocurrió o que “no cree” que haya ocurrido y es legítimo. Alguien que asegura que el holocausto no ocurrió falta a la verdad. El problema aquí es poder diferenciar la equivocación de la mentira, el error inocente de la afirmación deliberadamente engañosa. En algunos casos es bastante fácil, en otros no tanto.

Charlie Hebdo, el blanco de la pieza de propaganda de los asesinos yihadistas, no atacaba a los musulmanes en general o por serlo. Burlarse de la religión musulmana no es lo mismo que caricaturizar a los creyentes en el Islam. Los creyentes pueden merecer el respeto que se otorga a todos los seres humanos salvo que no se lo merezcan, pero las figuras religiosas no tienen la protección consagrada por la DUDH. No es razonable comparar un ataque racista mendaz con la burla a una figura religiosa (sea Mahoma, Alá, Buda, Yahvé o Mitra) ni a la crítica de acciones terroristas que se cometen debido a la creencia en el Islam (cosa que proclaman los propios asesinos).

En On Liberty (1859) John Stuart Mill argumentaba que “debe existir la máxima libertad de profesar y discutir, como una cuestión de convicción ética, cualquier doctrina, por inmoral que pueda considerarse“. Mill sostenía que la mayor libertad de expresión es necesaria para empujar a los argumentos de sus límites lógicos, en lugar de los límites de la vergüenza social. Mill también introdujo lo que se conoce como el “principio de daño”. En esto consistiría pues la limitación a la libre expresión: evitar daños a terceros.

Por otra parte, Joel Feinberg introdujo lo que se conoce como el principio de “ofensa”, argumentando que el principio del daño de Mill no ofrece una protección suficiente contra los comportamientos ilícitos de los demás. Feinberg, escribió: “Siempre es una buena razón en apoyo de una prohibición penal propuesto que probablemente sería una forma eficaz de prevención de ofensas graves (en contraposición a la lesión o daño) a otras personas que el actor, y que es probable que sea necesaria medios para tal fin “. Por lo tanto Feinberg sostiene que el principio de daño pone el listón demasiado alto y que algunas formas de expresión pueden ser legítimamente prohibidas por la ley, porque pueden resultar muy ofensivas. Pero, como ofender a alguien es menos grave que dañar a alguien, las penas impuestas deben ser más altos por causar daño. Mill, al contrario, no apoya sanciones legales si no se basan en el principio de daño.

Personalmente me decanto más por las propuestas de Mill, pues el grado en que las personas pueden ofenderse varía, o puede ser el resultado de prejuicios injustificados. El concepto de ofensa es una categoría que entra más en la esfera sentimental-subjetiva. Por lo mismo, si a alguien le ofende que uno dibuje a Alá, o -por contra- que un musulmán lo llame hereje, o le ofende que alguien sea ateo, que dos homosexuales se besen, es problema del ofendido, no de los demás. Otorgar titularidad jurídica a un concepto tan vago y personalista nos podría conducir a terrenos pantanosos que se presta a establecer reglas no democráticas. Las leyes vagas frecuentemente otorgan a los funcionarios poderes discrecionales que dejan mucha libertad para que se tomen decisiones arbitrarias. Burlarse de Alá, de Jehová, de los creyentes, de los ateos, etc. es una libertad fundamental, y ofenderlos también, porque la ofensa es una posición personal del que es sujeto del ataque.

Pero eso a nivel teórico, porque hay dos aspectos que también hay que tener en cuenta en el debate actual: por un lado, el derecho a ofender, relativo a la libertad de expresión, y por otro, contextos y situaciones excepcionales en las que el ejercicio de ese derecho entraña un peligro para la preservación de la estabilidad política o la paz social.

Los países musulmanes viven bajo el tabú impuesto por su religión. Décadas de abusos y manipulaciones cometidas por sus dirigentes políticos, han generado, además, la paranoia de sentirse el blanco de un complot mundial, a lo que también contribuyen episodios como el generado en 2012 por la difusión de un vídeo de la película titulada The Innocence of Muslims, que provocó violentas revueltas en diversas partes del mundo árabe y musulmán, así como también a algunos países occidentales. Uno de estos ataques fue la toma de la embajada de Estados Unidos en El Cairo, Egipto.

En Occidente podemos presumir, con razón, de haber roto con todos los atavismos de carácter religioso. Por tanto, las reacciones del mundo islámico ante las caricaturas de Mahoma nos resultan absurdas e incomprensibles. En Occidente, no solo es posible, sino hasta frecuente la burla de los símbolos religiosos sin que implique peligro de revueltas sociales. Sin embargo existen límites que se manifiestan en otros terrenos. En Estados Unidos, los medios tratan escrupulosamente todo lo que tenga relación con discriminación racial. En Francia, hasta hace apenas una década no se habló con claridad de algunos siniestros episodios ocurridos durante la II Guerra Mundial, como el del Vélodrome d’Hiver. En España, los medios de comunicación aceptaron una discreta autocensura sobre la Monarquía. Cada país tiene sus acotaciones a la libertad de expresión y sus particularidades.

Llegados a este punto, debemos asumir que las limitaciones a la libre expresión sólo deben ser la mentira, la privacidad e intimidad de las personas, así como los secretos personales y de Estado. Nunca lo “ofensivo”. Pero el “principio de daño” formulado por Mill, es el que mejor nos ayuda a perfilar una delimitación lo suficientemente objetiva del derecho a la libertad de expresión, esto es: evitar daños a terceros. Especialmente cuando el ejercicio de este derecho entraña un peligro a la preservación de la estabilidad política, la seguridad nacional o la paz social.

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One thought on “Delimitando la libertad de expresión

  1. Es muy buen ejemplo el de pedro varela, pero ahi tengo que discrepar contigo.
    A veces la verdad no es un extremo y cuando la verdad no es un extremo, defender un extremo no es “mentir” en tanto en cuanto no mientes al 100%..
    Y no se puede pedir a nadie que diga la verdad al 100%, no por nada si no por la imposibilidad.
    El mundo es complejo y no puede efectuar cosas simples como determinar a veces que esto es A o esto es B. Y cuando gente dice que A y gente dice que B y ambos son “expertos” (por asi llamarlos) el juez tiene que ser un C, que probablemente no entienda del tema, pero tenga intereses.
    Así pues creo que la concepción de que se puede restringir la libertad porque algo se considere mentira es ponerle puertas al campo, y dado que varela con su libreria es revisionista, creo que no pretende hacer daño.
    Mas bien si fuera este un justificador del genocidio y estuviese ligado a asociaciones skinheads (que realmente poco tienen que ver con los nazis y sí mas con los hooligans) entonces estaria promoviendo la incitacion al odio, y por tanto, provocando a que se hiciese daño.

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