Destruir al Estado Islámico no es suficiente

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Steven observó el horizonte desde el vehículo todoterreno modelo Hummer que había alquilado para elaborar su reportaje, y con el que podía recorrer las amplias franjas de un terreno poblado por palmeras y colinas rocosas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El sol daba de lleno en su curtido rostro y la claridad del aire era absoluta. Desde unos buenos prismáticos se podía observar la amplitud del árido desierto. Hacía tres meses que la revista Time le envió a la ciudad siria de Alepo, en calidad de periodista freelance, con el objetivo de cubrir el desarrollo de la guerra civil que tenía lugar entre partidarios y detractores del Gobierno de Bashar al Assad. Una vez terminó de apurar su cigarro marca Camel, el corresponsal pone en marcha su vehículo, a bordo del cual avanza unos kilómetros más a la deriva, hasta aproximarse a un poblado recién destruido por los bombardeos de ejércitos fieles a Assad.

Cuando el reportero se adentra en la desolada ciudad, que parecía deshabitada, de repente un grupo de guerrilleros armados con fusiles de asalto AK- 47 hacen aparición desde el interior de los numerosos edificios en ruinas que rodean la zona. Tras rodear el vehículo a punta de cañón, secuestran a Steven y lo introducen a la fuerza en una camioneta que le transporta a las afueras de la ciudad. Al cabo de unos días de tortuosa cautividad, el periodista finalmente es maniatado y colocado de rodillas junto con un encapuchado que se dispone a decapitarlo con un cuchillo delante de las cámaras. “Ya no estáis combatiendo contra una insurgencia, somos un ejército islámico y un estado que ha sido aceptado por un gran número de musulmanes en todo el mundo“. Estas son las palabras que pronuncia frente a la cámara el ejecutor del corresponsal, un combatiente yihadista miembro del ISIS, también conocido como Estado Islámico. Acto seguido, le secciona el cuello. Esta ejecución televisada era un mensaje de advertencia al presidente Obama para que cediera en su objetivo de atacar militarmente al Estado Islámico.

Así fue la escalofriante ejecución del periodista estadounidense Steven Joel Sotloff. Las imágenes de su decapitación a manos de los yihadistas fueron difundidas por la prensa y las redes sociales, causando un gran impacto en la opinión pública mundial. Días antes, a través de un vídeo de YouTube un representante del citado Estado Islámico, decapitó al fotoperiodista estadounidense James Foley en represalia a los ataques aéreos conducidos por Estados Unidos. Después de Foley y Stloff, siguieron la de David Haines, y la del cooperante británico Alan Henning.

El punto en común en las decapitaciones de periodistas perpetradas por radicales yihadistas es la organización que representa el principal centro planificador e instigador de todos estos actos de barbarie, y cuyo siniestro nombre ocupa desde hace unos meses los titulares de la prensa mundial y aterroriza las mentes, sueños y conciencias de millones de los dirigentes de las principales potencias occidentales: el Estado Islámico.

El Estado Islámico (en árabe: الدولة الإسلامية‎, al-Dawla al-Islāmīya; EI por sus siglas en español) es un grupo insurgente de naturaleza yihadista suní, autoproclamado califato, y cuyo dominio abarca el amplio territorio de Irak y Siria controlado por radicales fieles a Abu Bakr al-Baghdadi, autoproclamado califa de todos los musulmanes. Originalmente conocido como Yama’at al-Tawhid wal-Yihad, este grupo surgió como una organización terrorista insurgente próxima a Al Qaeda para hacer frente a la invasión de Irak por parte de las tropas estadounidenses. El objetivo declarado de esta teocracia militarizada es el mismo que el de su ente originario Al Qaeda: resucitar los extintos imperios islamistas en un área tan vasta como España y Marruecos hasta Pakistán y parte de la India. En los territorios que ya domina, esta organización impone su interpretación extremista de la ley Sharía, llevando a cabo ejecuciones públicas de cristianos que se niegan a convertirse a la fe del profeta Mahoma, incluyendo mujeres y niños, así como destruyendo templos y mezquitas. Pero lo más terrorífico es que el califato decretado por el líder del grupo, Abu Bkr al-Bagdadi, lleva camino de convertirse en un Estado viable, con sus infraestructuras, su Administración, su sistema de justicia, sus fuerzas armadas y sus propias fronteras.

Los expertos policiales extraen varias conclusiones aterradoras: que a estas alturas el poder de enganche del Estado Islámico supera con creces al de Al Qaeda; sus campañas de captación de las redes yihadistas ya no se realizan en las mezquitas, sino a través de Internet: las redes sociales son hoy la gran vía de captación de jóvenes árabes y a magrebíes que son entrenados para atentar no solo en países tan lejanos como Siria o Irak, sino también en sus propios países de residencia: en Europa.

Tal es el alcance de la cruzada terrorista emprendida por el Estado Islámico, que los tentáculos de esta organización ha llegado también de forma activa a nuestros países, donde sus dirigentes han defendido (y asumido responsabilidades directas) los atentados ocurridos en Francia y Bélgica estos últimos días. El tiroteo en el que fueron asesinados 12 personas en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo, llevado a cabo según todos los indicios por los hermanos Chérif y Said Kouachi, miembros de Al Qaeda. Paralelamente, otro individuo, Amedy Coulibaly, musulmán francés de origen maliense, llevó a cabo un atentado y toma de rehenes en un supermercado judío de Cashrut. El terrorista asesinó a cuatro de los rehenes, todos judíos. Y lo más preocupante: Coulibaly había admitido ser miembro del Estado Islámico antes de su abatimiento.

El temor de los líderes europeos ante una nueva oleada de atentados terroristas de carácter yihadista como los sufridos por París en los últimos días, ha generado que gobiernos y agencias de seguridad exijan mayor poder de intervención sobre las comunicaciones -la principal fuente de proselitismo del EI-. Se habla de endurecer las medidas de control antes de tomar un avión; se dice que se controlarán los dispositivos electrónicos en las fronteras aeroportuarias; se creará un macrofichero que recogerá los datos de todos los viajeros en avión; se reforzará el control de las comunicaciones a través de internet; se modificará el Tratado de Schengen con el fin de intensificar los controles en las fronteras europeas; y se plantea incluso una medida que de llegar a aplicarse resultará para algunos aún más traumática que todo lo mencionado: prohibir el WhatsApp. En resumen; las múltiples amenazas que tras este 11-S a la francesa se ciernen sobre occidente, es la de acabar provocando un recorte importe (otro más) de nuestros derechos civiles.

Parece que la reacción de los gobiernos occidentales ante los ataques del yihadismo internacional seguirá el mismo camino recorrido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. ¿Tendremos pronto una Patriot Act en versión europea? Todo indica que sí. Pero mientras tal cosa se avecina, es menester situarnos en restrospectiva y analizar brevemente cuáles fueron las principales medidas anti-terroristas que se tomaron entonces y qué efectos han tenido en nuestro presente.

Tras los ataques a las torres del World Trade Center, el entonces presidente George W. Bush inició su Guerra contra el Terrorismo. Se instauraron leyes antiterroristas que recortaron las libertades civiles en muchos países del mundo democrático. Se arrestó a un número incontable de personas que fueron recluidas en la Base de Guantánamo (creando un limbo legal sin precedentes que continúa en la actualidad, a pesar de las promesas de Obama de cerrarla). Se impusieron los controles de seguridad aérea de los que ahora todos disfrutamos. Se invadió Afganistán sin realmente acabar nunca con los talibanes que supuestamente eran el origen del terrorismo islamista. Se invadió Irak en busca de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Se derrocó a Saddam Hussein para crear con ello un golpe colateral: un grupo de resistencia en el país que ha asesinado a miles de personas desde entonces.

En suma, parece que todas las medidas que se emprendieron contra el terrorismo islámico no solo no han acabado con él, sino que lo han fortalecido, envolviéndonos en un círculo vicioso de consecuencias todavía impredecibles. Pensar que el endurecimiento de las mismas políticas que se aplicaron en anteriores ocasiones contra este mismo problema puedan resultar efectivas en el contexto actual, es vivir en otra realidad. Si eso no ha funcionado ¿qué hacemos entonces?

La Oficina Europea de Policía (Europol) calcula que entre 3.000 y 5.000 ciudadanos de la Unión Europea, la mayoría hijos de inmigrantes, han viajado en los últimos tiempos a Siria e Irak, donde han recibido entrenamiento militar y combatido en las filas del Estado Islámico o de Al-Qaeda en los conflictos que se viven en esos países. Un 20% de estas personas ha vuelto después a Europa, convertidos en auténticos soldados dispuestos a matar en nombre de la guerra santa o yihad.

Resulta sintomático que las organizaciones yihadistas se estén nutriendo especialmente de jóvenes europeos, la mayoría magrebíes y subsaharianos de segunda y tercera generación. ¿Se sienten marginados de nuestras sociedades?. La realidad es que gran parte de estos jóvenes de origen africano son los que engrosan la cola del paro. No encuentran trabajo. Además, por diversas razones, muchos empresarios están poco dispuestos a contratar magrebíes. Con el añadido de que muchos de estos jóvenes no tienen ningún tipo de preparación profesional: están ausentes, tanto de la enseñanza superior como de la formación profesional. Son conscientes además de su falta de competitividad respecto a los autóctonos. Ajenos a la cultura de su país de acogida y de espaldas a su cultura de origen, estos jóvenes hijos de inmigrantes sienten que jamás podrán convertirse en europeos.

El paro y la crisis económica comienzan a afectar a vastos sectores de población en los países occidentales supuestamente desarrollados. La situación de desarraigo y exclusión social en la que están sumergidos muchos de estos estos jóvenes magrebíes a causa de la falta de oportunidades que les ofrecen sus sociedades de acogida, crea el caldo de cultivo más adecuado para que los fundamentalistas islámicos puedan llevar a cabo su labor reclutadora. Estos sienten que no tienen oportunidades y el yihadismo les ofrece un aliciente en su vida. Los datos oficiales son reveladores al respecto: el mayor contingente de combatientes yihadíes europeos que se han unido a los extremistas del EI, lo constituyen los ciudadanos franceses. El mismo país que años antes padeció los violentos disturbios sociales de las banlieues protagonizados por miles de jóvenes de origen africano

No hay duda de que para acabar con el terrorismo yihadista es necesario destruir al Estado Islámico, aniquilar a sus dirigentes, bloquear los suministros de armamento y financiación que reciben por parte de países como Arabia Saudí o Quatar. Así como también cortar sus redes captación de nuevos combatientes. En este punto, no hay más opción que realizar una intervención militar. Pero está claro que para controlar este dificilísimo reto que tenemos delante como sociedad civilizada, las soluciones no pueden ser nuevamente las que ya constataron su fracaso en el pasado.

Una política exterior conjunta por parte de las potencias occidentales para destruir la más vital fuente de terrorismo yihadista es una de ellas. Pero no debemos olvidar que existe otras no menos importante, y que debe llevarse a cabo no en Irak o Siria, sino en nuestro suelo: una labor de integración para evitar que estos jóvenes desarraigados de nuestras sociedades representen la cantera de futuros terroristas, no solo yihadistas, sino de cualquier extremismo religioso o político que amenaza envenenar las relaciones humanas.

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