¿Países del Sur de Europa contra los del Norte?. No: trabajadores contra oligarquías.

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Los griegos eligieron este pasado domingo la esperanza de futuro más próspero frente a la miseria del presente, al otorgar una holgada ventaja al partido de izquierda radical de Syriza frente al centroderecha de Nueva Democracia. Por su parte, Podemos, la formación liderada por Pablo Iglesias, no ha tardado en felicitarse por la victoria electoral de su formación hermana en las elecciones griegas, con la que comparte algunas propuestas económicas, tales como la auditoría ciudadana de la deuda pública. Iglesias, que durante su colaboración en la campaña de Syriza afirmó que los países del sur de Europa “parecen colonias de los poderosos del norte”, ha remarcado que “se está configurando una idea de Europa que va contra los valores europeos en los que parece que los países del sur se convierten en periferias que ofrecen mano de obra barata (…) No queremos ser una colonia de Alemania, queremos dignidad‘”, ha sentenciado el de la coleta.

La victoria del partido liderado por Alexis Tsipras nos muestra algo evidente: lo absurdo de las políticas de austeridad: la idea de que un país condenado a una recesión sostenida, artificialmente empobrecido y con una caída persistente de su PIB pueda pagar una deuda que duplica el volumen de su Producto Interior Bruto. La reestructuración de la deuda griega es inevitable, como ya se demostró en la anterior quita; lo sabe hasta el último burócrata de la Eurozona. Lo que está sucediendo en el país heleno no tardará -de hecho ya está sucediendo- en expandirse a otros países de la periferia europea -incluyendo España- hasta tocar el centro. Es el camino a seguir para recuperar soberanía, y puede iniciar un efecto dominó y hacer que Portugal, o incluso Italia, tomen el mismo camino.

De todos los planteamientos para hacer frente a las criminales políticas de austeridad impuestas por la Troika (Comisión Europea, BCE y FMI), la consigna de “unir a los países del Sur de Europa frente a los del Norte” se ha ido consolidándo como una de las posiciones más repetidas por algunos sectores de la socialdemocracia y varios de sus representantes, como son Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y algunas figuras vinculadas a formaciones como Izquierda Anticapitalista (que desde hace algunos años viene entonando este lema). La irrupción de Podemos en el Europarlamento ha ayudado a expandir el eco de esta consigna. Iglesias, durante una rueda de prensa en Bruselas declaró: “Los países del sur de Europa no queremos ser colonias de poderes financieros que no ha elegido nadie. Pensamos que otra Europa es posible”; del mismo modo, en su primer discurso en el Parlamento Europeo pidió a las formaciones afines de los llamados PIGS “no votar como izquierda o derecha, sino como españoles, italianos, portugueses y griegos”.

El planteamiento basado en Norte (rico)- Sur (pobre) no es una novedad, sino que responde a una ya vieja tradición de difuminar las diferencias existentes entre las clases sociales aludiendo a una premisa argumental no del todo errónea, pero escasamente científica. Es cierto que en el Norte del planeta se concentra una mayor cantidad de potencias capitalistas desarrolladas, y que en el hemisferio Sur se concentran mayores niveles de subdesarrollo, pero es un absurdo obviar que dentro de cada uno de estos países, incluso en los más desarrollados, existe todo tipo de desigualdades sociales, políticas y económicas generadas por el monopolio de la riqueza en manos de un pequeño número de oligarcas financieros.

Un país no determina su “posición mundial” en base a su situación geográfica, ni tampoco si este es “rico” o “pobre”, sino por su lugar en la cadena del sistema internacional existente, del mismo modo que una persona no es rica o pobre por nacer en EEUU o en Etiopía, pues en última instancia, su posición social dependerá del estrato social al que pertenezca.

El criterio para determinar objetivamente la posición mundial de un país es identificar si éste es “dominante” o “dependiente”, algo que requiere partir de un análisis científico, y, a su vez, ahondar para clarificar su posición dentro del campo al que pertenece. Un análisis errado sobre este asunto nos puede conducir a un diagnóstico fallido y a decantarnos por una solución inválida para actuar sobre la problemática intentamos transformar. Nuestros “pro-sureuropeos” deberían cuidarse de extrapolar la realidad venezolana, brasileña, mexicana, etc, a la de los países de la latitud sureuropea.

La “consigna sureuropea” proclamada por este sector de la izquierda viene a sintetizarse en el siguiente planteamiento: ante el mando de hierro de las potencias ricas del Norte, principalmente Alemania -aunque ello es extensible a los gobiernos de “la Troika”-, los castigados países del Sur debemos unir nuestras fuerzas para pelear por la democracia y el “sueño europeo”, reorientando la Unión Europea y sus instituciones al servicio de la mayoría social ciudadana. Es decir, que partiendo del hecho real de que potencias periféricas que forman parte de la UE, como España, Italia, Portugal o Grecia, no son la cúspide del poder europeo, quieren presentar eso como una prueba evidente de que estos países son dependientes, colonias o “protectorados” de unos infames gendarmes. No obstante, cabe preguntarse, ¿acaso los oligarcas españoles, o de cualquiera de estos otros países del Sur, no encuentran en la UE la representación y salvaguarda de sus intereses como clase dominante? ¿Pueden los Berlusconi o Botín considerarse como opositores a sus homónimos alemanes, por ejemplo?. ¿Hemos de apostar por una unión nacional de los PIGS contra la Troika, lo que implicaría que los intereses nacionales de estos países son conciliables con los de las distintas clases sociales antagónicas que subyace en el interior de estos?.

No hay duda de que los empresarios y banqueros españoles les encantaría de forma desmedida ser los primeros de la liga europea, pero es innegable que el mayor interés para ellos es seguir formando parte de esa liga, aunque sea desde una posición de segundo orden que supedite parcialmente sus intereses a los de las potencias franco–alemanas. Los oligarcas españoles tienen intereses transnacionales a través de sus monopolios. Se benefician enormemente de su pertenencia a la UE (como conglomerado supranacional de organismos al servicio de las clases dominantes). El capitalismo español destruye puestos de trabajo y tejido industrial para trasladarlo a países del mundo donde los costes son menores y sus beneficios puedan verse aumentados.

La UE es un instrumento que perjudica los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares: la unificación de mercados, la eliminación de aranceles, la creación de un banco unificado y la moneda única, sirven a los intereses del capital financiero y sus monopolios. Desde el Tratado de Maastricht (1992), donde se especificaba la creación del Banco Central Europeo (BCE) y la instauración del euro. Pasando por La Estrategia de Lisboa, firmada en el 2000, que promueve la restricción de derechos laborales de los trabajadores y pensionistas para llegar a “la reducción del coste de trabajo”. También la Directiva Bolkenstein (2004), por la cual se encubre prácticas de deslocalización dentro de la Eurozona, aprovechando el desarrollo desigual de sus países miembros, de forma que a las empresas se les aplica la legislación del país de origen y no del país donde desarrollen su actividad. Por no mencionar la Directiva de las 65 horas (2008), que permite el aumento de la jornada laboral de 48 a 65 horas semanales, suponiendo un aumento brutal de las ganancias para los empresarios.

Por tanto, considerar a España una colonia alemana o un protectorado de la Troika, supone afirmar que no nos encontramos en un país que se encuentra dentro de la cadena de países dominantes y que, en consecuencia, la clase dominante de España se encuentra en antagónica contradicción con el orden europeo e internacional. Supone afirmar que el España es un país explotado por potencias ajenas y que la clase dominante española no forma parte de la oligarquía que maneja los hilos a escala internacional. Abogar por la unidad (casi patriótica) de los países del Sur, en vez de los trabajadores de toda Europa, supone borrar las diferencias de clase (y su lucha antagónica) que acontecen en el interior de cada uno de estos países. Implica romper los vínculos con la clase trabajadora de los países de esas potencias dominantes (a las que, no olvidemos, parte de la población del Sur de Europa está marchándose a buscar una vida en general miserable) y del Este europeo.

Europa no se divide entre un Sur donde viven todos los pobres y un Norte donde viven todos los ricos. En Alemania, por citar un ejemplo, hay 7,5 millones de personas que viven con “minijobs” que les proporcionan menos de 450 euros al mes y que tienen que completar con subsidios sociales. Bien es cierto que en muchos casos se trata de ingreso complementarios, pero este mercado laboral flexibilizado lleva a una drástica conclusión: no basta con tener un empleo para salir de la pobreza.Una persona que pase toda su vida en estos miniempleos se podrá jubilar a los 67 años con una pensión de 140 euros pues estos empleos garantizan 3 euros al mes de pensión por año trabajado.

Según un informe publicado por la Oficina Federal de Estadística (Destatis), alrededor de 13 millones de alemanes, prácticamente uno de cada seis, viven al borde de la pobreza. Una de cada tres personas no puede hacer frente a gastos inesperados, una de cada cinco no puede permitirse irse de vacaciones y un 16 por ciento se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. Tampoco divergen mucho las cosas en el ámbito de la desigualdad: en Alemania hay 135 personas con un patrimonio superior a los 1.000 millones de euros y el 10% de la población más rica posee dos terceras partes de la riqueza nacional. Concretamente un 16,1 % de la población alemana no llega al nivel de ingresos mínimos establecido en la UE (EU-SILC) de 979 euros netos mensuales para una persona sola y de 2.056 euros para una pareja con dos niños menores de 14 años. Estas cantidades suponen unos ingresos menores al 60% de los ingresos medios del conjunto de la población.

En definitiva, la Unión Europea constituye un organismo intrínsecamente explotador de la clase trabajadora de los países miembros. Cualquier idea de reformarla o de constituir una “Europa de los pueblos” choca frontalmente con la realidad de su construcción, su constitución y su función real. Su propia estructura institucional es contraria a la construcción de una Europa armónica donde exista una igualdad entre los pueblos. Ideas abanderadas por Podemos, o el Partido de la Izquierda Europea (PIE) lejos de atacar a la UE tan solo refuerzan sus posiciones alentando la quimera de una UE con “rostro humano”. Establece la coartada ideológica que la oligarquía europea necesita para continuar con su expansión y su explotación sobre sus pueblos.

Es menester por tanto reconocer la necesidad de establecer una sólida alianza entre las masas trabajadoras de los países de la Unión Europea (incluso reconociendo las grandes similitudes de España con países como Grecia, Italia y Portugal), pero también con el resto de trabajadores del mundo: en concreto con aquellos que son víctimas de las agresiones de las potencias dominantes, partiendo siempre de los intereses de las clases populares de estos países. Una alianza internacionalista que debe ser impulsada por obreros conscientes que reclaman pan, trabajo y dignidad. Con aquellos que van convenciéndose de que pelear por la democracia es hacerlo por ser los “soberanos de sus propias vidas” y que una herramienta infernal construida por las oligarquías para la explotación de los pueblos, como es la UE, no tiene posibilidad de ser embellecido para convertirse en un proyecto común.

En resumen, la consigna para los países más afectados de la Eurozona no ha de ser  “norte contra sur” sino, “trabajadores unidos contra las oligarquías”. El planteamiento internacionalista es la vía más adecuada. Lo demás son pajas mentales chovinistas que solo contribuyen a dividir a los trabajadores. Un obrero español, griego, portugués, polaco o marroquí, y uno alemán, tienen mucho más en común, -desde una perspectiva de clase- que un obrero español y un empresario español.

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