¿Quién tiene razón en el conflicto entre Israel y Palestina?

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Con frecuencia los escritores idealizan los temas sobre los que escriben. A veces incluso idealizan a sus lectores. Se supone que un libro, o cualquier tipo de escrito, proporciona una sensación de algo completo. Se ofrecen explicaciones de carácter sociológico para compensar la confusión que genera la aparente falta de coherencia en el comportamiento humano. A veces se le exige al lector que tome postura o que elija su bando. Esto es especialmente cierto en escritos que tratan de experiencias humanas duras. Sin lugar a dudas, en Behind the Wall: Life, Love and Struggle in Palestine (Potomac Books, 2010), Rich Wiles dirige a sus lectores, aunque implícitamente, a tomar postura. Pero muestra abiertamente sus prioridades morales y no trata de encubrir sus objetivos.

Tras concluir el libro de Wiles, de la lectura de sus páginas me sorprendieron varios aspectos por ser absolutamente estimulantes en contraste con la forma como se escribe generalmente sobre Palestina. En vez de aplicar el principio de Occam, tendemos a complicar lo que es sencillo y a medida que construimos nuestra narrativa se vuelve demasiado sesgada. Tendemos a considerar las posibles implicaciones políticas de nuestros textos y de este modo elaboramos las conclusiones teniendo únicamente esta conciencia política preconcebida.

Hay un proverbio que dice que la verdad es siempre la primera víctima de una guerra. ¿De qué manera es escamoteada o tergiversada esta verdad entre dos bandos enfrentados que confluyen en el territorio en disputa?. Verdades y mentiras, muchas balas cargadas de odio y desencuentro han existido en la historia del conflicto entre Israel y Palestina, que han dejado heridas profundas, mucho sufrimiento, sangre derramada y desconfianzas mutuas que hoy están arraigadas en ambos bandos. Cada representante de los gobiernos rivales se empecinan en demonizar al otro, y situarse a sí mismos como víctimas. En cada caso, afirman, tienen “a la prensa en contra”. La relación, de todos modos, entre ellos, no es simétrica como ya se ha dicho tantas veces. De hecho, Israel es un Estado, mientras Palestina aún no. Pero básicamente ambos, desde su lugar, muchas veces recurren al mismo truco retórico: no conceder nada al otro, ni siquiera un detalle. Dicho todo esto, estando en el lugar, leyendo los discursos mediáticos, pueden encontrarse matices, verdades, y entender. No todo es engaño, en absoluto; tampoco lo es cuando uno mira de más lejos aunque siempre haga falta indagar un poco más.

No hay ninguna región en el mundo en donde se haya registrado tantas guerras, operaciones militares y hasta escaramuzas armadas en gran escala. El conflicto árabe-israelí es uno de esos temas que vemos todos los días en los diarios, pero que por su complejidad, no logramos entender completamente. ¿Por qué en esta zona viven en permanente conflicto? ¿Qué impide llegar a una solución? ¿Qué razones argumenta cada uno?. Se trata de un conflicto que levanta pasiones. Pero lo más problemático es que se trata de un tipo de conflicto en el que pretender dirimir qué bando tiene razón tiene razón es un completo absurdo: las causas originarias de este enfrentamiento se remontan hace más de 60 años, y a lo largo de todo ese tiempo ha ido acumulando capas y capas que cada vez lo han alejado más del problema originario que, a fin de cuentas no era otro que si Israel tenía o no derecho a un Estado propio en una tierra que hasta ese momento había pertenecido a los árabes y cuyos derechos históricos se remontaban a la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén y a la marcha victoriosa de los legionarios de Tito en la Avenida de los Foros Imperiales, llevando la Menorah y el Arca de la Alianza.

¿Quién tiene la razón en el asunto de la territorialidad? ¿Los palestinos que estaban o los judíos que estuvieron hace casi dos mil años y que volvieron en 1948 y los que se han ido sumando desde entonces? No puede haber una respuesta clara. Hasta hoy, los esfuerzos por lograr un acuerdo de paz duradero y firme han fracasado.No obstante, analizar la historia del Estado de Israel y su posterior desarrollo nos puede ayudar a esbozar algunas posibles soluciones, que, aunque no resulten definitivas, pueden servir como paso intermedio para una futura resolución duradera del conflicto.

A finales del siglo XIX nació de la mano de Theodor Herz, un movimiento nacionalista que promovía el retorno de los judíos a Palestina. Surgió por dos motivos vigentes por aquél entonces: la persecución de los judíos en Rusia y el caso Dreyfus -un militar judío francés acusado injustamente de traición. Así emergió el sionismo moderno y se inició la lenta emigración de judíos hacia Palestina.

La entidad sionista o Estado de Israel es un producto de ese nacionalismo judío, paradójicamente, del nacionalismo judío de izquierdas. Los sionistas de entreguerras era marcadamente socialistas y en algunos casos, comunistas pro-soviéticos, (cabe recordar el primer viaje de Golda Meir a Moscú en 1948 se sorprende de ver la gran cantidad de miembros del Ejercito Rojo de familia judía que vienen a darle su apoyo). La idea de estos militantes es fundar un Estado socialista de corte soviético o similar en Palestina. ¿Por qué Palestina? No fue por ningún motivo religioso, pues al contrario que la extrema derecha judía (Jawotinsky, muy minoritaria) se eligió Palestina porque en esa zona ya había un germen de granjas colectivas cuyo origen se remontaban a los años 1880, y eran fundadas por exiliados judíos que escapaban de las oleadas de progromos en el Imperio zarista. Estas granjas eran los famosos kibutz. Por tanto, el origen de Israel emerge de un movimiento nacionalista de izquierdas que pretenden fundar en Palestina un Estado socialista bajo la órbita de la Unión Soviética, al menos de manera formal (1).

Por otro lado tenemos al Imperio Británico, cuya influencia mundial estaba ya muy mermada, pero todavía era un Imperio, pues conjuntamente con Francia, su influencia geoestratégica se extiende por todo el norte de África, Arabia Saudita, Siria, Transjordania, Irak y el Líbano. Controla además a sus gobiernos por medio de reinos títeres y a sus ejércitos por medio de oficiales incrustados. Al Imperio no le beneficiaba en absoluto la infiltración de elementos bolcheviques en su mandato en Palestina, (en ese momento la identificación con Palestina de los sionistas socialistas es clara, ellos mismos se autodenominan “palestinos”). Por aquél entonces la composición social de la Palestina colonial es de tipo latifundista, con terratenientes que arriendan sus tierras a campesinos pobres, sin preocuparse de su mísero nivel de vida. La llegada de los colonos judíos de inspiración socialista provoca una convulsión y un rechazo entre la población autóctona, mayoritariamente musulmana y de costumbres medievales. Los colonos traen nuevos métodos de trabajo: propugnan la abolición de la propiedad privada y la emancipación de la mujer, lo que choca frontalmente con la concepción de la vida de un país musulmán anclado en el feudalismo. Finalizada la II GM, la agencia judía tiene prisa por enviar a los supervivientes del Holocausto nazi a Palestina. Naturalmente, los británicos, totalmente comprometidos con los gobiernos de las satrapias árabes que ellos mismos sostienen, se niegan rotundamente.

Después de una guerra de guerrillas en la zona, los británicos ceden y la ONU acuerda un plan de partición del territorio de Palestina por el cual, los judíos tendrán derecho de posesión de aquellas tierras sobre las cuales ostenten títulos de propiedad, y los árabes el resto. Se trata de un mal acuerdo que ha sido le génesis del conflicto entre palestinos e israelíes que todavía e prolonga hasta nuestros días. Pero fue un acuerdo al fin y al cabo. La URSS por su parte reconocía y apoyaba la fundación del Estado de Israel. Al régimen de Moscú le interesaba disponer de un enclave geoestratégico en la zona de Oriente Medio, en lo que debía ser “la punta de lanza progresista en un mar de países conservadores“. El problema es que ni el Imperio Británico, ni sus sátrapas querían tener ni por asomo en su seno a un Estado apoyado por la Unión Soviética. Por aquél entonces no se ha declarado la Guerra Fría entre las dos potencias: los yanquis y soviéticos todavía mantienen una “luna de miel” que no tardará en romperse. En semejante contexto, los israelíes proclaman, según lo acordado en la ONU, su independencia de forma unilateral, la cual es inmediatamente reconocida por la URSS y los Estados Unidos. En consecuencia, el Imperio Británico y sus auxiliares les declaran la guerra al nuevo Estado. Inmediatamente, la Unión Soviética bajo el gobierno de Stalin suministra a los sionistas socialistas gran cantidad de material bélico. Mientras, los Estados Unidos, que en realidad no entienden lo que pasa, dudan. Pero el lobby judío en EEUU, ya notablemente poderoso por aquél entonces, mueve sus hilos y decanta al gobierno de Harry Truman para que adopte una posición favorable hacia el Estado hebreo.

Este detalle será determinante en la evolución de la situación. El gobierno sionista socialista no se conforma con lo establecido en el plan de partición, sobre todo a partir de la segunda tregua, cuando comienza a llegar gran cantidad de material de guerra norteamericano. Está claro que quien paga, manda. Así pues, Israel se saltan el acuerdo de la ONU y pasan a ocupar gran cantidad de terreno perteneciente al Estado árabe de Palestina. Al mismo tiempo las presiones de los Estados Unidos sobre su aliado británico hacen que éste retire su apoyo a los reinos árabes. El resultado es la derrota de los ejércitos árabes a manos de la bien pertrechada maquinaria israelí, armada “a la americana”. Los sátrapas árabes, que siguen siendo títeres del Imperio Británico, ocupan militarmente los despojos del Estado árabe palestino, Egipto la franja de Gaza y Transjordania, Cisjordania.

El triunfo del lobby judeo-americano en EEUU es evidente: gracias a sus aportaciones e influencia política ha conseguido que el gobierno de Washington apoye sin condiciones al nuevo Estado, pero esto no será gratis. En 1949 estalla la Guerra Fría y los sionistas socialistas dejan de tener influencia en el carácter del nuevo Estado. Por otra parte, la Guerra Fría provoca que vayan cayendo uno a uno los reinos árabes tributarios del Imperio Británico y siendo sustituidos por regímenes nacionalistas de inspiración “socialista árabe” que son recibidos con los brazos abiertos por Moscú. Hacia 1956, el cambio de alianzas es absoluto. Por un lado los Estados árabes acaban siendo repúblicas “socialistas” dirigidas por un partido único, mientras que Israel se va convirtiendo progresivamente en un Estado más de EEUU incrustado en Oriente Medio. Los sionistas socialistas quedan relegados a un segundo plano, hasta quedar convertidos en piezas de museo. El Estado hebreo se convierte de facto en una colonia estadounidense en suelo palestino, o mejor dicho; en una sucursal del lobby judío norteamericano.

El peso del lobby judío fue un factor determinante por aquél entonces y todavía lo sigue siendo en lo que respecta a la existencia del Estado de Israel y la política exterior norteamericana. Ningún presidente de los EEUU sale elegido sino es gracias a la bendición de la comunidad judía. Ésta puede inclinar mayoritariamente sus preferencias por uno u otro candidato en función de sus afinidades políticas, pero siempre tiene la seguridad de que, ambos candidatos ya sea Demócrata o Republicano, apoyarán al Estado de Israel. La situación sería diametramente distinta si los palestinos tuvieran en los EEUU un lobby con la misma influencia que el de los judíos. Pero los palestinos no tienen un poder supranacional que sea capaz de apoyarles en este conflicto, así que el poder norteamericano los ningunea a diferencia de la comunidad judía norteamericana (2).

No es un secreto que los judíos estadounidense tienen gran influencia en la economía estadounidense, en los mass media y en la industria de Hollywood, por tanto, también en la política del país y en la formación de la opinión pública. Eso es poder, el cual se traduce en la solidaridad continua de las distintas administraciones norteamericanas hacia el Estado de Israel. Todo aspirante a ocupar el sillón de la Casa Blanca debe pasar por las mismas etapas iniciáticas para ser elegido presidente como cualquier otro candidato que haya llegado a las primarias de sus respectivos partidos: manifestar su solidaridad con Israel, fotografiarse con la kippa, manifestar sus buenos deseos al Estado de Israel y lamentarse ante el Muro de las Lamentaciones. Cada una de estas etapas le ha dado buena prensa en los medios controlados por capital judío.

La financiación de Israel es un aspecto revelador en lo que respecta a la pervivencia de ese Estado. Todas las organizaciones sionistas reconocen que el Estado de Israel es desde su inicio financiado por los EEUU y los poderosos lobbies de millonarios judíos. Tan solo en los primeros años de su fundación, entre 1949 y 1966, Israel recibió 7.000 millones de dólares. Una cifra que define con claridad la naturaleza del Estado israelí es que ya en los años 70-80 el total de la ayuda norteamericana -sin contar la ayuda de la “Diáspora” ni los créditos financieros- representaba 1.000 dólares por habitante/año, lo que por sí solo equivalía a más de tres veces el Producto Nacional Bruto por habitante de Egipto y de la mayoría de los países africanos. Es sobradamente conocido el dato de que anualmente EEUU aporta a Israel ayuda directa por valor de 5.000 millones de dólares.

La ayuda financiera y política ilimitada recibida en estos sesenta años de existencia, es el precio por el servicio que la entidad sionista desempeña, es “el precio de coste” para que ese Estado desarrolle sin trabas su función esencial: expulsar a los árabes de Palestina y desempeñar el papel de “bastión adelantado de la civilización occidental” en la región de Medio Oriente.

Los palestinos explican con dos razones el proceso que les llevó a la pérdida de parte de su tierra histórica. En primer lugar: los alemanes asesinaron a millones de judíos, pero los árabes no tienen por qué pagar las consecuencias; si los judíos merecen un Estado, que lo monten en Dakota del Norte, por ejemplo. En segundo lugar: como me dicen algunos árabes: “Tú eres español. Imagínate que un día los árabes vamos a Andalucía y decimos que nosotros pasamos varios siglos allí y que ahora será nuestro otra vez”.

Los dos argumentos son de peso. El segundo, sin embargo, es falaz. Hoy Andalucía forma parte de España y los árabes que vivieron en esa región tuvieron un arraigo menor (Córdoba no era La Meca para los musulmanes; Jerusalén sí que lo es para los judíos) y siempre dispusieron de otro lugar en el que vivir según sus creencias. Además, Palestina nunca fue un país independiente. Siempre ha formado parte de diversos imperios. A lo largo de la historia esta zona fue invadida por persas, árabes, romanos, cruzados o mongoles. Después llegó el turno de los turcos otomanos. Cuando los judíos empezaron a emigrar allí en masa ocuparon las tierras donde vivía un pueblo, no conquistaron la parte de un país. Los judíos que iban llegando compraban tierras a los árabes. El sionismo tenía esos dos grandes objetivos: la emigración y la compra de tierras. Su intención era comprar el territorio, echar a los árabes y repoblarlo de judíos.

Por tanto, el argumento de la tierra puede decantarse probablemente a favor de los palestinos: ellos vivían solos allí, y de repente tienen que compartir su tierra con unos recién llegados. Pero el problema no acaba ahí: ¿son los judíos radicados en Palestina unos invasores? ¿Sería tan injusto compartir -separados si juntos por ahora no pueden vivir- Palestina entre esos dos pueblos?

Desde la creación del Estado de Israel, se han sucedido diversas guerras entre palestinos e israelíes, y muchos atentados sangrantes. Israel las ha ganado siempre. Por eso estamos hoy donde estamos. Si los árabes hubieran ganado una de esas guerras contra Israel, hoy los judíos vivirían en su mayoría de nuevo en la Diáspora, en el extranjero. Les habrían expulsado. Pero los judíos han ganado todas esas guerras e insisten en su derecho de vivir en Palestina. Por eso, el conflicto sigue pendiente de resolución y sólo hay una: dos estados. Los árabes ya viven en Israel y Palestina; los judíos sólo podrían vivir en Israel.

Los árabes se sienten robados e invadidos. Pero ellos también tienen parte de responsabilidad. Las tierras que los judíos compraron en Palestina las vendían árabes. Aunque la labor del lobby judío en los pasillos internacionales y su unión por la causa han sido determinantes. Los países árabes vecinos de Israel tenían intereses distintos y estaban enfrentados entre sí. Los palestinos fueron víctimas de esta desunión y nunca trabajaron por un solo objetivo: esta situación todavía prevalece: en Palestina mandan Fatah y Hamás, que tienen intereses distintos y antagónicos que si es necesario los defenderán con las armas. Hay muchas otras razones que explican la situación- los sirios, por ejemplo, no sólo odian a Israel, sino que consideran que los nacionalistas palestinos son unos traidores, ya que Palestina no debe ser un Estado independiente, sino lo que históricamente ha sido, es decir, una provincia de Siria. Por las mismas razones, odian también a los nacionalistas libaneses (Líbano es también parte histórica de Siria) o a los nacionalistas jordanos (Jordania no es sino la madre patria de Palestina y, por tanto, también forma parte histórica de Siria). Muchos nacionalistas palestinos odian a Siria o a Jordania, a las que acusan de tratar de absorberles, de la misma forma que los que se autotitulan como nacionalistas libaneses (sin poder renegar de su cultura árabe, aunque en muchos casos sean cristianos) incluso se muestran partidarios de apoyarse en Israel contra los sirios. Sirios contra palestinos, libaneses y jordanos, sin olvidar a los iraquíes. Y viceversa. El resultado está a la vista: todos son enemigos de Israel, y de los Estados Unidos, pero de hecho se enfrentan entre sí con tanto empeño que Israel sigue manteniéndose en el lugar que ocupa. En las grandes guerras entre árabes e israelíes, la implicación árabe era pequeña. Los judíos, en cambio, luchaban por su supervivencia como Estado.

Por si esto fuera poco, el conflicto palestino-israelí se ha ido convirtiendo, con el desarrollo del integrismo islámico (y en menor medida del integrismo judío) en un conflicto de corte religioso, de musulmanes contra judíos. Organizaciones políticas que antaño gozaban de pluralidad religiosa como la OLP (con sus cuestionables acciones terroristas) han sido sustituidas por grupos islamistas como Hamás, cuyo objetivo principal no es la protección del pueblo palestino, sino la destrucción de Israel y la creación de un emirato islámico que incluya a Egipto y Jordania. Esta es la razón de por qué Hamás no tiene dilema moral en lanzar ataques que, lo saben, provocarán reacciones desbordadas y extremadamente violentas por parte de Israel como las que hemos visto hace unos meses durante la última ofensiva contra Gaza.

Los líderes de Hamás saben que el gobierno israelí reaccionará de modo brutal y que lo hará porque si no la ciudadanía israelí lo sustituirá rápidamente. Hamás no tiene problema en que mueran 300 palestinos, pero los ciudadanos israelíes no toleran que muera un solo israelí, lo cual tampoco es tan absurdo, pues. Lo trágico es que Hamás y muchos palestinos (no todos) desean la muerte de todos los israelíes y muchos (no todos) en Israel desprecian la muerte de palestinos. Israel no ha sido precisamente una hermanita de la caridad con los árabes y si podía desalojar un pueblo palestino que residían dentro de su territorio, lo hacía sin contemplaciones.

En Occidente la causa palestina goza numerosos seguidores. Al margen de las simpatías de cada cual, hay dos motivos principales: primero, los palestinos son los perdedores o las víctimas en este conflicto -según se mire- y su situación tiene mejor prensa, y segundo: es más fácil explicar su desgracia de forma resumida: “Los judíos vinieron a nuestra tierra como invasores y nos echaron. Cuando defendimos lo que es nuestro, nos ganaron por la fuerza, gracias a que ellos tenían más y mejores armas. Desde entonces, vivimos oprimidos”. Por otro lado, los argumentos de Israel son más intrincados (su gobierno, además, es pésimo en relaciones públicas): “Los judíos hemos sido perseguidos por el mundo. A finales del siglo XIX dijimos basta y buscamos un hogar nacional para vivir en paz. Sólo podía estar en Palestina. Tras muchas luchas y tras el mayor desastre humanitario de la historia, el mundo nos lo concedió. Desde entonces los árabes no quieren dejarnos compartir esta tierra, que con Jerusalén ha sido desde siempre el centro del pueblo judío. Cuando hemos tendido la mano por la paz, los árabes han querido más guerra. Su único objetivo es echarnos de Palestina, al precio que sea. Nuestra unica esperanza es defendernos día tras día, ser los más fuertes de la región”.

El mayor problema originado tras la partición de Palestina es hallar una forma racional y razonable de revertirla sin multiplicar todavía más el desastre. ¿Qué harías con la población judía que ha nacido en Israel y que son hijos o nietos de los primeros colonos? ¿Volver a dispersarla por el mundo devolviéndola a sus países de origen? No es justo. Los que nacieron después de 1948 en Israel no son culpables de un ideal nacionalista equivocado impulsado por un deseo de reparar la innombrable atrocidad del Holocausto nazi. ¿O quizás los dejarías en Israel bajo la autoridad de un gobierno teocrático islámico? Eso sería entregarlos en manos de quienes han jurado destruirlos. Así que queda como única opción mantener la partición conteniendo al mismo tiempo el ansia de destruir a Israel por parte de muchos sectores palestinos (debidamente azuzados y financiados por sus “hermanos árabes” que los han revictimizado una y otra vez, recordemos, por ejemplo, que algunos viven en “campamentos de refugiados” desde 1967 porque los países que los han recibido no tienen interés en integrarlos a sus sociedades) y el ansia por parte de muchos sectores judíos ultraortodoxos de reinstaurar el Gran Israel, una idea religiosa que está detrás de la construcción de asentamientos judíos en territorio palestino (que no israelíes, sino judíos, porque se basan en la creencia en la profecía de que el Mesías vendrá cuando se restablezca el estado con las fronteras bíblicas y el Templo de Salomón será reconstruído).

Otra cuestión que Occidente no suele tener muy claro es que Palestina no puede sobrevivir sin el Estado de Israel y viceversa, aunque sea en una relación profundamente asimétrica. Los abusos del ejército israelí (IDF) en la frontera se dan en un contexto en el que los palestinos no tienen trabajo en su tierra y van, algunos diariamente, a trabajar a Israel como mano de obra, mientras que Israel no tiene la mano de obra que necesita y de ahí su demanda de trabajadores palestinos. El salario medio de un trabajador palestino en Israel (datos del centro Peres) en 2010 era de 144 shekels diarios, (unos 29 euros). Si se cierra la frontera, las economías de los dos países sufrirían, y Palestina no necesita eso en estos momentos porque está enfrentando su propia crisis económica.

Para concluir, remitiéndonos al título de esta entrada la cuestión a esclarecer es: “¿Quién tiene razón en el conflicto entre Israel y Palestina?. La respuesta es que es imposible decidir quién tiene más razón sin entrar en juicios de valor. Si uno cree que Israel debe existir, es sencillo. Si lo contrario, también. El problema es el amplio margen intermedio, pero eso debe solucionarse en futuras negociaciones. ¿Cómo reconocer el derecho de los dos Estados a existir, garantizar la paz, darle a los ciudadanos a ambos lados de la frontera final una vida digna, sin miedo, con libertad y en condiciones mejores que las que han padecido (ciertamente los palestinos en mayor medida) desde 1948? La única solución real y factible para el conflicto entre Israel y Palestina es la formación de dos Estados que convivan en paz. Algo que no llegará en breve. Hamás continua con su discurso de que Palestina es todo el territorio que va entre el Jordán y el Mediterráneo. Cualquier independencia sería un paso intermedio hacia su resolución definitiva de este interminable conflicto.

Notas:

(1) Más del 30 % de los norteamericanos que formaban parte de la Brigada Abraham Lincoln eran judíos, a los que denunciaba la prensa sionista, porque combatían en la guerra de España, en lugar de emigrar a Palestina. En la Brigada Dombrovski, de 5.000 polacos, 2.250 eran judíos. A estos heroicos judíos que lucharon en todos los frentes del mundo contra las fuerzas fascistas, los dirigentes sionistas, en un artículo de su representante en Londres, titulado: ¿Deben participar los judíos en los movimientos antifascistas? respondía: ¡No!… y fijaban el único objetivo: La construcción de la tierra de Israel (Jewish Life, abril 1938, p.11).

(2) Si bien es cierto que numerosos sionistas son judíos poderosos, no es menos cierto que la mayoría de la comunidad judía mundial se desentiende del sionismo. De hecho, numerosos sectores judíos han denunciado el terrorismo sistemático practicado por Israel contra pueblos como el palestino y la influencia nefasta del lobby sionista en el planeta, entre otros desmanes.

 

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2 comentarios en “¿Quién tiene razón en el conflicto entre Israel y Palestina?

  1. Un excelente artículo en todos los sentidos – histórico y de análisis social.

    Yo creo que una de las razones (hablo por mí, no sé por ti) por la cual puede existir entre nosotros un rechazo de más hacia las acciones de Israel tiene que ver con el hecho de que a diferencia de los años 50 o 60, el Israel de hoy a pesar de ser incluso menos militarista que en esas fechas, es que hoy por hoy es un proyecto de continuación de los aspectos más negativos que hoy conocemos como “Vida occidental” o “valores occidentales” (lejos de ser valores realmente positivos, en realidad son valores pro-financieros, pro-banca).

    Lo cierto es que además, el “lobby sionista” de EEUU tiene su lealtad absolutamente comprometida con Israel, y no con EEUU necesariamente (o sus intereses ni mucho menos los de su pueblo). En un país como EEUU, donde la étnia va por encima de la nacionalidad oficial, tenemos un país de diversas personas luchando por sus intereses étnicos y religiosos, identitarios, que no “americanos” necesariamente. EEUU debe ser uno de los pocos países del mundo donde muy pocos de sus ciudadanos se hacen llamar “americanos” a secas. Por eso no es de extrañar que si a eso le sumamos un sistema político totalmente basado en el poder del dinero, los que más tengan más voz tendrán. Es un sistema realmente perverso en ese sentido monetario.

    El triunfo del lobby judeo-americano en EEUU es evidente: gracias a sus aportaciones e influencia política ha conseguido que el gobierno de Washington apoye sin condiciones al nuevo Estado, pero esto no será gratis. En 1949 estalla la Guerra Fría y los sionistas socialistas dejan de tener influencia en el carácter del nuevo Estado. Por otra parte, la Guerra Fría provoca que vayan cayendo uno a uno los reinos árabes tributarios del Imperio Británico y siendo sustituidos por regímenes nacionalistas de inspiración “socialista árabe” que son recibidos con los brazos abiertos por Moscú. Hacia 1956, el cambio de alianzas es absoluto. Por un lado los Estados árabes acaban siendo repúblicas “socialistas” dirigidas por un partido único, mientras que Israel se va convirtiendo progresivamente en un Estado más de EEUU incrustado en Oriente Medio. Los sionistas socialistas quedan relegados a un segundo plano, hasta quedar convertidos en piezas de museo. El Estado hebreo se convierte de facto en una colonia estadounidense en suelo palestino, o mejor dicho; en una sucursal del lobby judío norteamericano.

    De momento, desafortunadamente no hay solución viable que resulta aceptable para ambas partes en ese conflicto ajeno – realmente es un conflicto ajeno, religioso y medieval entre dos civilizaciones que se creen en posesión absoluta de la verdad.

    Quizá el inicio de una solución parcial (o mejor dicho no solución sino inicio de un proceso) puede ser que el mundo pueda ver cómo viven los palestinos – empobrecidos y sin derecho a la autodeterminación real. El creciente coro de condena contra el estado israelí es un camino. O, el estado binacional como apuntas.

    Pero no creo que eso último por ahora tiene ninguna probabilidad de tener éxito.

    A veces en la vida hay que aceptar que existen las tragedias.

    Saludos

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  2. Yo creo que una de las razones (hablo por mí, no sé por ti) por la cual puede existir entre nosotros un rechazo de más hacia las acciones de Israel tiene que ver con el hecho de que a diferencia de los años 50 o 60, el Israel de hoy a pesar de ser incluso menos militarista que en esas fechas, es que hoy por hoy es un proyecto de continuación de los aspectos más negativos que hoy conocemos como “Vida occidental” o “valores occidentales” (lejos de ser valores realmente positivos, en realidad son valores pro-financieros, pro-banca).

    Teodor Herzl, el padre-fundador del Sionismo, definía a su hipotético Estado Judío como “un baluarte avanzado de la civilización de Occidente frente a la barbarie oriental”. Así es como definen a Israel los sionistas y los partidarios de ese Estado.

    Pero el Estado israelí ha venido a convertirse precisamente en una encarnación de los peores defectos de occidente: el racismo etnocéntrico, belicismo, imperialismo y todos los vicios culturales.

    La poderosa influencia del lobby sionista es el principal factor que explica todo apoyo prolongado, financiero y militar de EEUU a Israel. Ello no se explica desde luego por interés geopolítico. Ni para contar con una base segura en las inmediaciones de las zonas petroleras de Oriente Medio (para eso ya están los turcos al norte, Arabia Saudí en el centro y Egipto, sin olvidar las bases en Irak en donde pueden atrincherar a los marines).

    “Lo cierto es que además, el “lobby sionista” de EEUU tiene su lealtad absolutamente comprometida con Israel, y no con EEUU necesariamente (o sus intereses ni mucho menos los de su pueblo). En un país como EEUU, donde la étnia va por encima de la nacionalidad oficial, tenemos un país de diversas personas luchando por sus intereses étnicos y religiosos, identitarios, que no “americanos” necesariamente.”

    Estados Unidos es la mayor potencia mundial, es un país decisivo en el curso de los acontecimientos y para el destino del mundo. Las decisiones que emprenda el gobierno de EEUU influye de manera decisiva en todos los demás y cualquier cambio que allí se produzca, para bien o para mal, repercutirá en el resto del mundo. Por eso es tan importante ese país para la judería mundial -y para toda clase de lobbies, dicho se de paso-

    Lo peor es cuando ese lobby incrustado en Washington D. C., no solo no lucha por los intereses específicamente estadounidenses, sino que el proceder de ese grupo de presión es motivado por un grupo étnico-nacional cuya lealtad primordial se dirige a otro país.

    Son reveladoras al respecto las palabras de Stephen Steinlight, el ex director de asuntos nacionales de la American Jewish Committee, la organización judía más grande y más influyente de los Estados Unidos:

    “Lo confieso, por lo menos: como miles de otros chicos judíos típicos de mi generación, fui criado como un nacionalista judío, incluso como un casi-separatista. Cada verano, durante dos meses, durante diez años formativos de mi infancia y adolescencia, asistí a campos de verano judíos. Allí, cada mañana, saludé una bandera extranjera, vestido con un uniforme que reflejaba sus colores, canté un himno nacional extranjero, aprendí un idioma extranjero, aprendí canciones y bailes folklóricos extranjeros, y me enseñaron que Israel era mi verdadera patria. La emigración a Israel era considerada la virtud más elevada… Por cierto, también saludamos las banderas estadounidense y canadiense y cantamos sus himnos, generalmente con verdadero sentimiento, pero quedaba bien en claro a dónde debía orientarse nuestra lealtad primordial… Que EE.UU. haya tolerado esa doble lealtad –sospecho que nos dejan hacerlo sobre todo por el sentido de culpa cristiana por el Holocausto– no cambia el hecho de que es una realidad”.

    La prueba es que todo este apoyo de EEUU a Israel impulsado por el lobby sionista no ha beneficiado para nada a la nación americana. Todo lo contrario; deforma la política exterior de EEUU. Basta leer las palabras de Zbigniew Brzezinski expresadas en un artículo suyo publicado en Foreigh Policy para comprender mejor el panorama:

    “Mearsheimer y Walt aducen una gran cantidad de pruebas de que a lo largo de los años, Israel ha sido el beneficiario de privilegio -de hecho, altamente preferenciales- de asistencia financiera, fuera de toda proporción con lo que los Estados Unidos extiende a cualquier otro país. La ayuda masiva a Israel es en efecto un gran derecho que enriquece a los relativamente prósperos israelíes a costa de los contribuyentes estadounidenses. Al ser fungible el dinero, esta ayuda también paga muchos asentamientos a los que EE. UU. se opone y que impiden el proceso de paz.”

    http://harowo.com/2006/06/27/a-dangerous-exemption/


    “De momento, desafortunadamente no hay solución viable que resulta aceptable para ambas partes en ese conflicto ajeno – realmente es un conflicto ajeno, religioso y medieval entre dos civilizaciones que se creen en posesión absoluta de la verdad.

    Quizá el inicio de una solución parcial (o mejor dicho no solución sino inicio de un proceso) puede ser que el mundo pueda ver cómo viven los palestinos – empobrecidos y sin derecho a la autodeterminación real. El creciente coro de condena contra el estado israelí es un camino. O, el estado binacional como apuntas”.

    Sí, esto, o plantear la creación de un Estado en Palestina en el que puedan convivir judíos y palestinos bajo un mismo marco igualitario y democrático. Esto no ocurrirá mientras Israel siga siendo un Estado sólo para judíos. Dicen que Israel es la única democracia en Oriente Medio, pero en realidad es una etnocracia: una democracia y un Estado de derecho y de bienestar solo para judíos. Vamos, algo tan indeseable como las teocracias islámicas que restringen los derechos solo a los musulmanes.

    El que Israel pierda su carácter étnico, es el primer paso.

    Saludos.

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