El problema de la superespecialización

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Una ola de emoción, inaudible pero de una rara excitación, invadía a la audiencia que se congregaba en la sala de la facultad de la Universidad Politécnica de Madrid. Se estaba expidiendo las títulaciones a aquellos estudiantes que habían aprobado los más duros exámenes de de selectividad. En la cola de la fila estaba Francisco Herranz, natural de Jaén. La emoción le invadía el cuerpo. En unos minutos va a recibir de la mano del Rector de la universidad el Master de Ingeniero Industrial. Una carrera en la que ha invertido esfuerzo, dinero y cuatro años de su vida, y de la cual espera trabajar en alguna labor relacionada con dicha titulación. Desde edad temprana, sus padres le inculcaron que debía invertir su futuro en estudiar una carrera y ser un hombre de provecho. No como ellos, que siempre han sido obreros de origen humilde y no gozaron de las mismas oportunidades que existen actualmente para acceder a una educación superior.

Cuando Francisco por fin se encuentra frente al Rector de la universidad, éste le entrega amablemente el Master de Ingeniero Industrial, no sin antes espetarle en la cara: “¿En serio te crees que en los próximos años vas a trabajar de Ingeniero?, a otro con ese cuento, chavalín!“.

Francisco quedó perplejo ante las cruentas palabras del Rector de la Universidad. Pero ese señor tan maleducado no iba errado en su sentencia: tras concluir sus estudios universitarios, nuestro licenciado no consiguió encontrar su ansiado empleo de Ingeniero. De hecho, en España no hay suficiente demanda para dicha profesión. En los años venideros, Francisco combinó su actividad laboral entre la cola del paro y trabajos temporales. Hace unos meses logró encontrar empleo como peón de albañil en la construcción, pero le despidieron a los pocos días, por inútil. Desde hace unas semanas trabaja en un Starbucks ubicado en el 14 de la calle Arenal, a unas cuantas manzanas de su domicilio. En diversas ocasiones he ido a visitarle. Entre lágrimas me narra su dramática situación, generalmente mientras prepara un amargo café cappuccino en vaso de tamaño mediano para algún cliente hipster de clase alta. Os diré la verdad: el chaval no sabe hacer la o con un canuto… ni siquiera saber sostener el canuto. Entiende un huevo de lo suyo, -de ingeniería-, pero no sabe ni colocar una jodida bombilla en el techo. Se le hace el culo agua de envidia cuando ve que Eufrasio, su odioso vecino cani y analfabeto, se está forrando de pasta gracias al taller mecánico que montó hace unos años.

La dramática situación de Francisco Herranz es idéntica a la de muchos jóvenes licenciados que han quemado dinero, esfuerzo, ilusiones y años de su vida estudiando una carrera universitaria de tres o cinco años con el fin de desempeñar una profesión que posteriormente no tenía salidas laborales.

Seamos sinceros. No hay una correlación entre las necesidades reales de mano de obra que tenemos y los miles y miles de titulados que todos los años salen de su facultad y se encuentran con que no hay trabajo para ellos. A esto se le suma otro problema básicos- la falta de trabajadores de oficios. Tenemos demasiados titulados en carreras técnicas de alto nivel para el sector productivo tercermundista que padecemos en España, basado en ladrillo y el turismo. La enseñanza debería estar orientada a las necesidades de la sociedad: precisamos más técnicos, ingenieros, programadores, cocineros, electricistas, fontaneros… y sobran abogados, filósofos, historiadores, psicólogos, periodistas, así como toda clase de licenciados en humanidades. Carreras que en estos tiempos están aportando los mayores contingentes de parados. Es obvio que debemos defender la responsabilidad del Estado en cuanto a ofrecer una educación superior de calidad, gratuita y accesible a quienes lo merezcan. Pero no todo el mundo necesita ir a la universidad.

Es algo enormemente evidente que la educación universitaria debería tener ambas funciones. No solo para expresar tu vocación, sino también para ganarte la vida, y todo estudiante debe tener derecho a decidir qué prefiere; si una carrera remuneradora o una simplemente satisfactoria o vocacional. Hay gente que opta por dedicarse a la pintura aunque ello pueda conducirle por el camino a morirse de hambre. Así que en esta situación, muchos optan por ser pobres, pero a cambio de hacer aquello que más les gusta. Pero ¿quién dice que esta opción sea la correcta? ¿Alguien con vocación de pintor no puede decidir ser arquitecto si quiere legítimamente gozar de una vida económicamente desahogada? Yo no lo veo escandaloso (no creo en el ascetismo ni en la privación como camino al nirvana ni cosas así). Me parece legítimo.

Ahora bien, hay carreras que son una inutilidad. En otras épocas se asumía que una carrera universitaria como Historia del Arte, sencillamente, no tenía razón de existir. Tanto en el campo de las Letras como en el de las Ciencias, la tendencia general durante las últimas décadas ha sido la de una proliferación descontrolada de titulaciones y una atomización delirante del conocimiento, de modo que cada aspecto diferenciado del saber ha venido a constituirse en carrera independiente, con entidad y status propio, con frecuencia bajo la ambición y el impulso interesado de camarillas docentes. En España, el resultado de esta dinámica ha sido la que conocemos: una multiplicación absurda de las carreras, contraproducente tanto para las oportunidades laborales de los alumnos como para la propia esencia de la Universidad.

El carácter contraproducente de estas dinámicas se manifiesta también en otro tipo de efectos. Así, vemos cómo crece vertiginosamente el número de asignaturas optativas, dando lugar a una jungla cada vez más inextricable en la que cada alumno se diseña su propio itinerario. Hasta la década de 1970, tuvimos una gran carrera generalista de Humanidades, que era Filosofía y Letras, con las secciones de Filosofía, Historia, Filología etc.; luego, vino una gran explosión que produjo un archipiélago universitario con una gama incontable de titulaciones que rayaban en el absurdo. Y ello tanto en el campo de las Letras como en el de las Ciencias.

El que se ha especializado en Química –o en alguna rama de la Química- sabe poco de Física, ni tampoco de Química general. El antropólogo –o mejor dicho: el especialista en alguna rama de la Antropología- poco sabe de Antropología filosófica. El cardiólogo sabe poco del aparato digestivo, y al estomatólogo no le suena apenas el tema del corazón. El odontólogo sabe poco sobre Nutrición y Digestión. En contra de lo que se cree, la gran mayoría de los pediatras saben poca cosa sobre lactancia materna. El geólogo poco sabe de Biología, y el biólogo poco sabe de Geología. Y el licenciado en Sociología normalmente no sabe casi nada de Economía.

Consecuencias: la cultura general se debilita, los estudios estructurales y básicos quedan cada vez más desiertos. Tenemos además una superespecialización de las materias en la que los alumnos saben cada vez más de cada vez menos cosas, y debido a la cual, al final: “el que sólo sabe de lo suyo ni siquiera sabe de lo suyo”. Tenemos demasiados especialistas criados en burbuja y muy pocas personas versátiles.

Ciertamente, la especialización en diferentes parcelas del saber es inherente al mundo moderno con su inevitable división del trabajo. El crecimiento exponencial del conocimiento característico del mundo moderno exige hoy en día una especialización cada vez más específica de los estudios. Sin embargo, ese mismo crecimiento exponencial requiere precisamente de una ampliación dispersiva. Por tanto es menester reforzar la cultura generalista de las nuevas generaciones de estudiantes, si no queremos que se supediten a la superespecialización de diversas ramas del saber excluyentes unas de las otras.

Finalmente, y según todo lo anterior, una propuesta concreta para el futuro, si es que queremos que el futuro sea lo que debería ser: reducir drásticamente el número de carreras y de asignaturas universitarias, así como de asignaturas en Secundaria y Bachillerato. Primar la cultura general y la visión global e interdisciplinaria. Establecer una gran carrera generalista de Humanidades, análoga a la antigua de Filosofía y Letras, con dos años de estudios comunes y tres de especialidad. Instaurar también tres o cuatro grandes carreras generalistas de Ciencias (Física, Medicina e Ingeniería), también con las lógicas secciones y subsecciones dentro de los años de especialidad.

Será necesario también el establecimiento de una carrera polivalente; personas que sepan un poco de todo y que sepan engranar a los especialistas. El conocimiento no se encuentra totalmente desarrollado en ninguna escuela o enfoque de la ciencia. Los profesores deben conocer los otros enfoques teóricos, experiencias y, además, reconocer e integrar los diversos aportes. De lo contrario nos sometemos a un grave riesgo derivado de la sobreabundancia y preeminencia de los especialistas con saberes hiper-restringidos frente a las personas con Sabiduría de Conjunto y amplitud de miras.

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3 thoughts on “El problema de la superespecialización

  1. Hola.

    Felicitaciones por esta tremenda entrada, Dan. Nunca hubiera podido dar en el clavo como tu lo has hecho respecto al problema de la superespecializacion y sus posibles soluciones. Quisiera comentar largamente lo que has escrito, pero por el momento no tengo tiempo. Una lastima.

    Le gusta a 1 persona

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