El lado oscuro del arte contemporáneo

LA PRESENCIA DE CASI TRESCIENTOS COLECCIONISTAS INTERNACIONALES ANIMA ARCO

El tiempo de espera se hacía muy largo en la Galeria Marlborough de Barcelona, sita en el carrer Enric Granados. Algunos taburetes, un fotógrafo acribillando la sala con flashes y gentes embutidas en traje y corbata se concentraban en esa amplia sala cuyas paredes blancas estaban pobladas por multitud lienzos enmarcados, en cuyo interior destacaban varios rallajos realizados con pintura al oleo.

Servidor esperaba en compañía de Gorka Zabalegi, un conocido natural de Bilbo, y adicto al Museo Guggenheim. A diferencia de todos los demás visitantes, yo mantenía mi atención ausente de la exposición. A ratos miraba de reojo la hora o jugueteaba con mi teléfono celular. Todo con tal de entretenerme para hacer más llevadera la tensa espera y poder salir de aquél antro de aburrimiento. Varias semanas antes, el susodicho me había invitado a asistir con él a la citada Galería Marlborough donde se exponían varias piezas pictóricas cuyo contenido estaba relacionado con el llamado arte contemporáneo. Obras que consistían en lienzos repletos de salpicaduras de colores y que me resultaban incomprensibles. A primera vista pensé se trataban de dibujos realizados por disminuidos psíquicos. Cuando le pregunté a Gorka para salir de dudas, el chaval, muy cabreado y con evidentes ganas de hostiarme, me sacó de mi error diciendo que aquellas obras eran el no va más.

Mientras servidor mataba el tiempo jugueteando con el móvil, de repente Gorka se dirigió hacia mí corriendo apresuradamente con intención de comunicarme algo que parecía ser importante. Pero no, solo era para decirme que le acompañara a contemplar la gran calidad de un lienzo que se exponía en esa misma galería, a unos cuantos metros de donde yo me encontraba. Tenía que ver aquello, era fascinante, me decía insistentemente. Cuando me acerqué hasta donde me dijo, deposité mis ojos sobre la obra… ¿?, pero sólo veía un lienzo en blanco. El compañero me insistía en que contemplara su enorme profundidad. Según decía, esa pintura mostraba una deconstrucción poliédrica del ser consiguiendo así captar una realidad paralela. Yo miraba fijamente la tela del lienzo, intentando hallar en sus rallajos algo que me hiciera ver toda esa profundidad de la que hablaba y de paso, dejar también de ver mi rostro reflejado en el vídrio que enmarcaba el cuadro.

Al cabo de media hora, el compañero y yo nos fuimos de la galería sin que servidor hubiera logrado desentrañar el menor significado en el interior de ese lienzo. A mi me resultaba incomprensible. Pero Gorka parecía entender la esencia de la obra y la profundidad que intentaba transmitir.

Han pasado años desde nuestra trifulca en aquella exposición y a estas alturas aún sigo sin poder desentrañar el misterio que escondía aquél lienzo. La obra se titulaba; “La trascendencia del ser“, del pintor checo Andrej Boleslav. Era de gran profundidad. Yo no la entendía… pero al parecer, escondía gran profundidad.

El arte contemporáneo es ese tipo de arte con el cual siempre se ha mantenido un debate nunca resuelto. No el tipo de debate que se mantiene con el arte románico, la escultura barroca, la pintura expresionista, en que al margen de tus gustos personales, al final uno se ve obligado a valorar el talento que hay detrás de la obra y su importancia histórica. No, éste es el tipo de debate en relación al arte contemporáneo. En este caso tienes las de ganar, porque por mucho que mires y mires, no logras encuentrar nada, mientras en tu fuero interno piensas: “a ver… ¿pero qué mierda es esta?”. Pero cuando además te dicen el precio desorbitado de la obra, entonces ya flipas en colores.

El debate en torno a lo que es arte y qué no lo es volvió a tener su mayor manifestación en la reciente feria ARCO en Madrid. Una polémica feria anual en la que se exponen las obras de arte contemporáneo más excéntricas y vanguardistas. Que como es bien sabido, mueve cantidades ingentes de dinero.

Una de las obras que más ha llamado la atención en los medios es El vaso medio lleno del artista cubano de 36 años Wilfredo Prieto y que consiste en un vaso de agua, medio lleno -o medio vacío, según se mire-, colocado sobre un trozo de madera. La pieza está colgada en el exterior del stand. En la cartela no figura su precio, pero quien quiera comprarla debe pagar 20.000 euros por ella. Sí, habéis leído bien, 20.000 euros. Aún no tiene el punto rojo de vendido, pero nos dicen que algunos clientes se han interesado por la pieza.

Hay que tener en cuenta que el termino ‘arte contemporáneo’ es algo que abarca multitud de artistas y técnicas, así como múltiples formas de expresarse y muchas obras interesantes que no conviene menospreciar. Si por arte moderno o contemporáneo hablamos del arte que se hace en la actualidad, con el objeto de comunicar estéticamente emociones, sensaciones, ideas, sentimientos, y demás, incluyendo el último disco de Beck, la escultura de Fernando Botero, las novelas de Umberto Eco, los cómics de Alan Moore, la fotografía de Emil Schildt, la pintura de Jack Vettriano o las guitarras de Rodrigo y Gabriela, todo ello perfectamente contemporáneo. Se empieza a hablar de arte contemporáneo con el nacimiento de las vanguardias, es decir, principios del siglo XX. El impresionismo es el antecedente pero el expresionismo abre las puertas a lo contemporáneo. Uno de los artistas que se movió dentro de estas vanguardias fue Marcel Duchamp, creador de una de las obras más icónicas del siglo XX: La Fuente, que no es más que un urinario dado la vuelta y firmado por el artista. Fue presentada en la Sociedad de Artistas Independientes en 1927.

Los defensores de este tipo de arte siempre dicen que el valor de la obra la da quién la hace, porque es quien posee la idea, el significado y la explicación. Es por tanto un arte conceptual, e incluso yo diría que un tanto elitista, pues solo unos pocos iniciados pueden entender el mensaje que guarda la obra, a diferencia de las masas ignorantes que son incapaces de entender. Es un arte donde la obra en sí no tiene ningún valor, y eso es innegable. En la última feria de ARCO se han mostrado obras que consisten en cuadros pintados con menstruación y en la cual sólo mujeres podían acceder a la exposición. Cuando se les preguntaba a los visitantes si eso era arte contestaban que sí y que ‘depende de quien lo haga‘ pero que ‘no todos pueden hacerlo‘. Estos razonamientos son sencillamente falaces. Cualquiera puede hacer algo parecido a las obras mostradas en dicha feria y darle un sentido que uno quiera dentro de su subjetividad. De este modo, vamos un paso más allá; el valor ya no lo otorga la obra en sí, ni el talento del artista ni su idea, sino el nombre y reconocimiento del artista, muchas veces dado por los contactos que tiene.

El arte contemporaneo recuerda a la fábula del Rey Desnudo. Te muestran un cuadro de un lienzo en blanco con un nombre tipo “Lienzo en blanco nº 1” y resulta que vale 100.000 euros, entonces el gafapasta de turno te viene con sus elucubraciones y ejercicio de pedantería de que con esa obra el autor ha querido expresar el vacío de la profunda levedad de la trascendencia del ser… y no es más que un lienzo vacío. Y sobre todo una lavadora de dinero negro.

Sí, el arte contemporáneo sirve fundamentalmente para obtener exenciones fiscales y sobre todo para lavar dinero negro procedente de evasores fiscales y de oscuros negocios relacionados con la economía criminal.

Las inversiones están exentas del Impuesto de Patrimonio si las cedes durante unos años a algún museo especializado en este tipo de obras. Si eres un multimillonario que acumuló su fortuna gracias al tráfico de drogas, “invertir” en “arte moderno” puede resultar muy rentable desde el punto de vista fiscal y de otros muchos. Sobre todo si tenemos en cuenta de que el mercado del arte también es pura burbuja.

Pero para llevar con éxito la inversión necesitas un mercado: el entramado de subastas, “críticos de arte”, ferias, galerías, reportajes en medios de comunicación y el prestigio del artista. Todo va dirigido a convencer al público sobre el valor inherente a este tipo de arte. La buena prensa de la obra ya no tienen entonces nada que ver con las propiedades esenciales del objeto, sino que solo basta el marketing y hábiles movimientos de relaciones públicas para ello. Galería, crítico y dinero: bajo estos tres criterios ya se puede prestigiar y convertir cualquier cosa en obra de arte.

El arte figurativo y de calidad, es caro y escaso. El engendro moderno se puede fabricar en serie según el “mercado” de especuladores, narcos y empresarios agobiados por la presión fiscal lo vaya demandando. Este es el lado oscuro que se esconde detrás del llamado arte contemporáneo. Cuando una producción cuesta pocos recursos fabricarla (el precio del lienzo y la pintura, en este caso), y además se puede vender por cientos de miles de euros, su venta en el mercado pasa a constituírse una fuente de atracción para toda clase de evasores fiscales como potencial lavadora de dinero negro, (véase el caso Bárcenas y los cuadros de su mujer).

No hay duda de que por su propia naturaleza, el arte es algo subjetivo en gran medida y su valoración no está sujeto a comprobación o validación científica como si lo son los elementos del mundo físico. También es cierto que en el mundo hay gente dotada de mayor sensibilidad que otra para captar el significado contenida en una obra artísitica. Partimos de la definición de arte aquellas manifestaciones cuyo fin es transmitir ideas y sentimientos. Bajo el criterio de la subjetividad, entonces cualquier cosa puede ser arte. La música más popular o de masas es útil para su público. Lo mismo vale para el teatro o el cine más vulgar. Todos provocan disfrutes estéticos y morales que resultan equivalentes en su valor para cada persona. No porque a alguien se deleite escuchando la música de Bach disfruta más que quien se lo pasa de fábula con las canciones de Miley Cyrus. Pero lo criticable es el uso torticero y casi delictivo que se hace de esta justificación para vender gato por liebre. Peor aún es que en el caso del arte contemporáneo ya no vale las ideas o el talento real del artista. Sino que el auténtico valor es tan solo el dinero. Por eso son los marchands y los propios artistas quienes confieren valor a las obras por medio de campañas publicitarias, técnicas de relaciones públicas u operaciones comerciales de subasta y recompra: si se expone en la galería A, el crítico B dice que aquella obra C es arte y el millonario D lo compra a un alto precio. Entonces lo presentado es arte, aunque no sea más que un urinario vuelto del revés o se trate de performances mamones de personas desnudas con sobrepeso untados de pintura acrílica e introduciéndose objetos extraños por los orificios corporales mientras hacen poses sensoriales.

Ciertamente, el arte ha necesitado y ha movido dinero desde hace mucho. No es un secreto que la realización de ciertas obras que hoy están consideradas patrimonio de la humanidad a menudo han requerido de mecenas adinerados dispuestos a financiarlas. Pero lo deplorable es que prestigie y se paguen millones por los conceptos, nombres, contactos o prestigio y no por la obra en sí. ¿Son objetos comunes obras de arte? ¿Es un conjunto de líneas de pintura o puntos sin sentido en un lienzo, arte? ¿Es una taza de water repleta de excrementos una obra artística? Lo siento, pero he decir que en mi opinión, no. Entonces el arte contemporáneo sí me parece una estafa, con o sin el pos-modernismo o la creencia de que para ser moderno hay que ser no-moderno.

A veces vuelvo a recordar a Gorka y nuestra trifulca en la Galería Marlborough. Todavía sigo sin poder desentrañar la misteriosa profundidad que se escondía detrás de aquel lienzo de significado incomprensible. Pero ahora pienso que quizás detrás de ese lienzo, como en la mayor parte del arte contemporáneo, lo que se escondía era muy poco de genialidad y mucho de estafa.

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