Lucro y evasión fiscal bajo la máscara del espíritu

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La fachada del Instituto Filosófico Hermético se veía desde la calle. Su ventanal sin persianas con el rótulo en los cristales esmerilados daba a la Vía Laietana de Barcelona. La entrada para acceder al local estaba ubicada en la tercera planta de un bloque de edificios situado en un callejón sin salida, junto a una plaza y un transformador de la luz.

Todo empezó semanas antes, cuando me encontraba en un bar, sentado frente a una mesa leyendo el periódico y tomando el café de la mañana, cuando una muchacha rubia, delgada, con la boca carnosa y los pechos demasiado grandes se sentó a mi lado. Debía tener unos veinte y tantos años. Me observó un instante fijamente y sonrió. Yo ni la miré ni le sonreí. Al principio pensé que era una mendiga que pensaba pedirme dinero, pero descarté la idea, ya que su aspecto era demasiado impoluto. También cabía la posibilidad de que fuera una atracadora. Pero era improbable; su apariencia de fémina delicada la haría poco capacitada para cualquier tipo de acción violenta. La chica apretaba entre sus brazos una carpeta azul de plástico. Tras intercambiar unas palabras conmigo durante un par de minutos, abrió su carpeta y me tendió en silencio un folleto impreso en papel rosa. Se trataba de un pequeño pasquín en cuya cabecera se veía una ilustración que representaba un gran sol lanzando sus benéficos rayos sobre la frase: La Luz del Mundo, y abajo rezaba el lema: «El amor es la única sustancia viva del universo». No hacía más de diez segundos que acababa de leer lo que había impreso en el folleto cuando giré la cabeza para percatarme de que aquella muchacha ya se había marchado.

El folleto en cuestión resultaba ser propaganda de una asociación religiosa dedicada al estudio filosófico. En el interior del impreso se podía leer un programa con las diversas actividades que llevaba a cabo la asociación. La página siguiente contenía un breve texto con sus principios fundacionales: «El Instituto Filosófico Hermético es una asociación sin ánimo de lucro que reúne a un grupo de personas interesadas en un conocimiento filosófico profundo basado en la filosofía hermética como camino para conocer el significado del mundo y del papel del hombre en la vida». La sede de esta asociación estaba ubicada en ese mismo local el cual, movido por mi curiosidad enfermiza, me disponía a visitar personalmente.

Para entrar en la sede de la asociación había que ascender unos escalones hasta llegar a una especie de vestíbulo donde se encontraba su entrada principal. Tras pulsar el timbre que había junto a una avejentada puerta de madera, enseguida se oyeron unos pasos que se aproximaban hacia donde me encontraba. De repente se abrió la puerta de la entrada: un tipo ataviado con un impecable traje blanco que respondía al nombre de Blas, me invitaba a entrar en el local haciendo gala de una amabilidad asfixiante con la que seguramente debía de agasajar a todos sus visitantes. El interior del local consistía en una sala formada por dos habitaciones: un diminuto vestíbulo con un sofá, un par de sillas, una mesita baja con revistas y una foto enmarcada de Sai Baba, colocada junto a los retratos de otros famosos gurúes del hinduismo. Unos metros más al fondo, había una estantería con varios libros que versaban sobre yoga y meditación.

Aquél lugar, a primera vista, ciertamente parecía un centro dedicado a la observancia religiosa o filosófica. Pero mis valoraciones se modificaron rápidamente cuando Blas me invitó a entrar en otra sala que conectaba con el salón del recibidor. Hice entrada en un habitáculo semioscuro, levemente iluminado por un par de bombillas de color rojo en el que se podía apreciar una barra de bar frente a la cual habían varios clientes tomando degustando diversas consumiciones de todo tipo entre los que no faltaban las bebidas alcohólicas. En esos instantes, de entre unas cortinas que cubrían el acceso a unas habitaciones contiguas hizo aparición la misma joven fémina que unas semanas antes me había entregado aquél folleto de propaganda en la cafetería. Se me acercó sonriente y me tendió la mano con gesto sensual. ¿Iba a entregarme otro folleto?. No. Esa joven ofrecía, junto a otras compañeras igual de portentosas, toda clase de servicios sexuales a aquellos clientes que, previo pago al contado, asistían a ese local sabiendo a lo que venían. En efecto, la peña iba a ese Instituto a profundizar… pero no precisamente en la filosofía.

¿Qué demonios era aquél lugar? ¿Era un bar de copas, un templo religioso o una casa de putas?. Pues ni lo primero ni lo segundo, sino lo tercero. Ocurrió que Blas montó un club de alterne… pero dicho negocio lo inscribió bajo el estatus jurídico de “organización religiosa”. Tal y como consta en el Registro Nacional de Asociaciones. Todo muy legal, pero claramente ilícito. Ello con objeto de evadir impuestos bajo la máscara espiritual.

La Ley del Impuesto sobre Sociedades considera que las asociaciones inscritas sin ánimo de lucro, no son empresas; no son fuente de negocios; no tienen como finalidad la ganancia; por tanto están exentas de tributar. Entre las entidades más conocidas que no persiguen fines de lucro figuran asociaciones educativas, religiosas o deportivas, además de organizaciones sanitarias. Por ese motivo, en España, como en diversos países del mundo, muchas entidades industriales y comerciales se camuflan inscribiéndose en el Registro Nacional de Asociaciones como entidades sin ánimo del lucro con el objeto de evadir impuestos. Acogiéndose especialmente a la protección de libertad religiosa y de expresión reconocidas en la Const. Española para llevar a cabo dichos fines.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Arts. 18 y 19), adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, y en la Constitución Española de 1978 (Arts. 16 y 20) son unos textos cuyo marco constitucional y legislativo regulan un derecho fundamental en los Estados democráticos como es la libertad de creencias y de asociación. Pero, al mismo tiempo, todos los ciudadanos deben respetar también unos límites bien definidos y concretos en las maneras con que se acaba expresando la práctica de cualquier creencia o asociación. Así pues, aunque nadie puede delinquir en función de las creencias que profesa -el pensamiento no delinque- sí puede hacerlo a través del modo en que lo cree o afirma creer.

Por tanto, es preciso que, al igual que todas aquellas entidades comerciales o industriales son fiscalizadas en virtud de la legislación que les es específica, las asociaciones que estén registradas legalmente como asociaciones sin ánimo de lucro (religiosas, culturales, deportivas, etc), también deberían serlo mediante un mayor control de las finalidades declaradas en sus estatutos. Dicho proceder se llevaría a cabo obligando a declarar la totalidad de sus rentas a todas las entidades que estén registradas como asociaciones sin ánimo de lucro, por pequeñas que sean. Incluso aunque no sean asociaciones de utilidad pública.

En España, por ejemplo, la propia Ley de Libertad Religiosa, en su Artículo 3/1, reconoce que «El ejercicio de los derechos dimanantes de la libertad religiosa y de culto tiene como único límite la protección del derecho de los demás al ejercicio de sus libertades públicas y derechos fundamentales, así como la salvaguardia de la seguridad, de la salud y de la moralidad pública, elementos constitutivos del orden público protegido por la Ley en el ámbito de una sociedad democrática». Mientras que en el apartado 3/2 de la misma ley señala: «Quedan fuera del ámbito de protección de la presente Ley las actividades, finalidades y Entidades relacionadas con el estudio y experimentación de los fenómenos psíquicos o parapsicológicos o la difusión de valores humanísticos o espiritualistas u otros fines análogos ajenos a los religiosos».

Quizá cabría plantear desde qué perspectiva sociológica debe ser considerado o no “religión” si queremos evitar que desde la máscara de la espiritualidad se lleven a cabo actividades delictivas o ilícitas, o que pretendan ejercer privilegios económicos abusivos e inaceptables en sociedades democráticas. Se debe exigir a las asociaciones religiosas o culturales cumplir con un criterio de transparencia y es competencia de las administraciones desempeñar un mayor control con el objeto de impedir que grupos o personas ajenas a dicha actividad, como el citado caso de Blas, pretendan burlar la ley aprovechándose de los privilegios fiscales que gozan las asociaciones religiosas.

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