¿El declive de la violencia?

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Los últimos dos mil años de historia humana, con el afinamiento de los instrumentos de la inteligencia que florecieron y avanzaron sobre todo a partir de la Ilustración aportaron grandes logros al desarrollo científico e hicieron retroceder las esferas de lo milenarista y de lo indemostrable –ámbitos de la religión, la superstición y la ideología dogmática–. Son precisamente estos instrumentos a los que Steven Pinker, en su libro The Better Angels of our Nature: Why Violence Has Declined (Viking, 2011), hace responsables de una caída en la frecuencia de las guerras, de la violencia y de la agresividad en general en las relaciones humanas.

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El ébola y la mercantilización de la salud

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El Ébola es uno de virus más mortíferos, con tasas que van desde el 50 hasta incluso el 90% de mortalidad (esto quiere decir que si se infectan 100 personas, 90 mueren por el virus). Se trata de una cepa viral que está clasificada como potencial agente de guerra biológica. Los primeros brotes de fiebres hemorrágicas por Ébola se describieron en Zaire (ahora Congo) y en Sudán en 1976. Desde entonces se han registrado 20 brotes de Ébola en África central, la mayoría causados por la especie Zaire ebolavirus. Pese a que esta enfermedad causó unas 1.590 muertes en África entre 1976 y 2013, según la Organización Mundial de la Salud, no ha sido hasta que la enfermedad ha llegado a Europa y Estados Unidos cuando se han acelerado los procesos para encontrar un antídoto.

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Por un juicio ético a la eugenesia

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En una reciente entrevista de la revista Vice, el psicólogo evolucionista Geoffrey Miller confiesa que ha donado su ADN a un proyecto encabezado por la institución de investigación genética más grande del mundo con sede en la provincia de Shenzhen, en China. Miller, según afirma, es uno de los 2.000 cobayas seleccionados por IBG Shenzhen para un proyecto transhumanista. Sigue leyendo

Coca Cola quiere matarte… o quizá no.

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Está claro, quieren acojonarnos. Ahora resulta que el colorante caramelo que se utiliza para ‘colorear’ a la Coca-Cola y otros refrescos populares, para así darles ese característico color marrón dorado, contiene nada más y nada menos que una sobredosis de 4-metilimidazol, un elemento químico con un efecto cancerígeno demostrado en humanos. Al menos es lo que confirma Consumer ReportsSigue leyendo